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miércoles, 8 de octubre de 2014

Calcetines sucios y bombillas fundidas






Oigo el silbidito de mi móvil, ese que te avisa de las notificaciones pendientes. No me preocupo de mirarlo ni tan siquiera saco el telefono del bolsillo. Se que es un mensaje pùblicitario  de Vodafone o una jodida cadenita del Whatsapp, así que para que molestarse...

Así ha sido siempre mi vida, lo mío nunca llega. Ni lo que mejor se hacer, ni lo que me entusiasma. Sólo nimiedades remitidas por gente que adora las tonterías como a un dios. Siempre ha sido así, incluso antes de inventarse los móviles y ese tipo de cosas.

Siempre me ha faltado algo, una especie de fragmento para poder estar completo. Las pocas veces en las que he tenido delante la posibilidad de sentirme entero, esas ocasiones, se me escapan entre los dedos como entes gaseososos y burlones que se complacen en mi doloroso anhelo permanente que nunca se podrá satisfacer.

Intenté vivir de todas las formas que me dijeron que era posible y adecuado. Todos los trabajos recomendados, ingratos o no, los he realizado, pero siempre acababa fallando algo, a veces yo, a veces otras cosas. Se me acaban las profesiones en las que poder probar, y se me acaban las ganas de ponerme a ello otra vez...

Empiezo a experimentar una sensación que se parece peligrosamente a la desesperación. Si tuviera que hacer un recuento de todo lo que no funciona o funciona mal en mi propia vida, creo que no acabaría en años. Acabaría enseguida diciendo que es lo que sí funciona: Aún sigo con vida.

Puede parecer que todo esto que me pasa, lo que noto como encima de mi, sea cosa de ahora, de estos tiempos de crisis mundial. Pues si, pero a la vez no. Esto es algo recurrente. Desde siempre he tenido la sensación de que algo no acababa de encajar del todo. De que algo se cernía sobre mi vida, y en un momento indeterminado se abalanzaría sobre mi, especialmente en el momento más inoportuno que fuera posible.

Vamos a ver si consigo ordenar mi mente, y hacer un relato cronológico de esta triste trayectoria a la que llamo vida. Lo voy a intentar, en serio, me voy a esforzar en ello, pero a vez que es lo que sale finalmente. Las cosas nunca salen como uno tiene previsto, suelen salir muchísimo peor. Lo sé muy bien, mi experiencia en eso es larga.

Me llamo Iñigo, y esta que estoy a punto de contar, es la historia de mi penosa vida. Una vida en la que al contrario que muchos, no es tan luminosa ni brillante. Yo me muevo como por una habitación cuyas bombillas están fundidas. Un torpe caminar plagado de tropezones y con pocos pasos firmes...

viernes, 26 de septiembre de 2014

La llegada






Llegó desde Barcelona, en el primer y ultimo vuelo que cogió hacia ese destino tras catorce años ininterrumpidos sin haberlo pisado. Llegó para quedarse, para despojarse del bullicio que había formado parte de su vida durante más de una década, para recuperar algo de la vieja apacibilidad que allí conoció, la que nunca llegó a olvidar. Había acabado una etapa en su vida, y ahora se retiraba de regreso, volvía a sus orígenes.

Pasó mucho tiempo de espectadora de sueños ajenos como agente literario. Ahora, su propia naturaleza le exigía abordar el suyo, más humilde que los que había visto, pero igual de intenso. Tan solo volver a sus orígenes de una forma permanente, regresar a la tierra en donde nació. Su pequeño pueblo, un extraordinario paraje en miniatura con la playa al lado de casa.

Elena tardó en poder coger el autobús, pasaba sólo cada tres horas. Sentada en el banco de madera de la parada, sacó instintivamente su móvil del bolsillo sin saber para que, quedándose con el en la mano, contemplándolo hasta que el móvil se bloqueó automáticamente, quedando en estado de reposo y devolviendo a Elena su propio reflejo, al que miró directamente un rato, sin pensar en nada. La pantalla le ofreció la imagen reflejada de una treintañera de pelo castaño muy corto y unos verdes ojos que se distinguías en el cristal del dispositivo. El sonido del motor del autobús acercándose la sacó de su abstracción. Se levantó haciendo visera para intentar distinguir el vehículo que se acercaba, se aseguró de que el autobús al que se subía fuera el correcto.

Se introdujo en el rápidamente. Al ser la única pasajera podía permitirse el escoger sitio. Se sentó en la parte de atrás para quedarse a solas con sus pensamientos y con unas salpicaduras de incertidumbre. Después de tantos años no sabía que era lo que se iba a encontrar. Había pasado por tantos cambios... No le gustaba el no saber, y no sabía como iba a encontrar las cosas allí, apenas le quedaban parientes vivos en el pueblo.

Cuatro kilómetros después, el autobús efectuaba una parada con final de trayecto. El conductor tuvo que acercarse a Elena para indicarle que ya habían llegado. Al principio no reconoció donde se encontraba. Miró a su alrededor, desorientada, no le eran familiares los edificios ni la gente que circulaba por las calles, una cantidad de gente mucho mayor de lo que recordaba. Pensaba que no era el sitio en el que se había criado tantos años atrás. Miró en su agenda de bolsillo la dirección del piso que había alquilado desde Barcelona, había anotado cómo llegar hasta allí. No le llevó mucho conseguirlo, las distancias eran cortas y se llegaba enseguida a cualquier punto en ese pueblo.

En cuanto llegó a su nueva residencia soltó la maleta y se sentó a bucear en sus recuerdos, comparándolos con lo que había observado hasta el momento. Salió a dar una vuelta por el pueblo, a recorrerlo, persiguiendo un nexo con su pasado , una puerta hacia el lugar que aún tras tantos años de ausencia, formaba parte de si misma.

Hizo un rápido recorrido y descubrió que el alegre y singular pueblo del que procedía había dado paso a una población fantasma plagada de chalets clónicos, propiedades de señoritos que sólo aparecían en verano. Elena comenzó a plantearse si había sido una decisión sensata dejarlo todo para volver corriendo a ese lugar. La casa de sus abuelos, y de sus padresposteriormente, era ahora una construcción con su arquitectura original horriblemente retocada y a medio rehacer, abandonada a su suerte, camuflada por los matorrales que crecían sin control. Una casa víctima de la especulación de la gentuza que sólo veía el beneficio, los que no eran capaces de ver la historia que componía a la casa, ni la esencia de los que allí vivieron.

Al ver ese horrible espectáculo, volvió a pensar que se había precipitado al volver. Ver aquello le hirió el alma. Ese viaje le estaba derribando el ánimo y asesinando la ilusión de los recuerdos que siempre había guardado. Para ver ese tipo de cosas prefería haberse quedado en Barcelona, allí, al menos no le afectaría directamente al no estar ligada a ningún lugar. Se dio la vuelta por donde había venido. Las personas con las que se cruzaba le eran desconocidas. Seguramente ninguna de ellas habría nacido ni vivido allí regularmente.


Caminaba sin rumbo, preguntándose si sus cariñosos recuerdos serían fantasmas de un pueblo que parecía que ya no existía. Había sido un lugar en donde vivir, trabajar e incluso ser feliz de la forma mas directa y sencilla. Ahora, todo apuntaba a que sólo era un cortijo para turistas con dinero y propiedades allí.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Homeless heart






Se va apagando. Se muere. Cada día un poco, con dolor, lenta y agonicamente. El olvido no es una opción, sería como dejar de ser el. Prefiere dejar actuar a la naturaleza, morirse poco a poco como está haciendo, como el indigente sentimental que es, sintiendo con cada molécula de sí mismo como se consume ante la falta de su alimento.

Su sonrisa, el sonido de su voz, su mirada, su pelo, toda su amada presencia, le falta y le hace falta, pues es todo su sustento y no lo tiene. Por eso tiene los días contados, las horas contadas. Se acurruca en una esquina entre las ruinas de su propio corazón para aguardar el momento final. Pronto no quedará nada de el salvo los restos, se habrá desvanecido por siempre extinguido por inanición emocional.

lunes, 23 de junio de 2014

Fragmentos de una vida un poco dispersa: Nostalgi-nube






Ultimamente me muevo mucho por lugares de la ciudad que existen desde al menos tanto tiempo como yo mismo, incluso los que están antes de que yo existiera. Una especie de ataques retrospectivos en los que me meto por parajes que siempre conocí, quizá aguijoneado por una especie de preludio de crisis de los cuarenta, que no debería tocarme hasta dentro de unos años. Puede que sea eso, que se anticipe, o quizá se deba a cualquier otra cosa que desconozco.

Lo que si se es que es un algo casi tangible, una sensación que alcanza hasta en los huesos. La ultrarubia y ultradelgada camarera que atiende mi necesidad vital de cafeína no parece estar aquejada de la misma sensación, ocupada como está en sus tareas a velocidad de vértigo. Y no sólo por eso, parece tener unos veintipocos años, así que aún esta lejos de divagar de esta forma sobre el camino sobre el que anda. Por suerte, no se ha dirigido a mi tratándome de usted, lo que estoy seguro de que me fulminaría en el acto en este momento.

El lugar en el que me encuentro es un local superviviente de finales de los 70, si es que no es anterior, y excepto por nimios detalles prácticos casi toda la decoración, y todo el mobiliario es de esa época. Madera y metal moldeado en las formas de una época determinada y bien conocida. No entraba en este lugar desde hacía mucho, la sensación anteriormente descrita debió de dirigir mis pasos hacia aquí. En un rincón en el que se respira aires de otros tiempos. Por lo que veo a mi alrededor soy el único cliente que aún está en edad laborable, aunque con las reformas legislativas nunca se sabe.

En un fugaz ataque de pragmatismo, me pregunto si debería soltar aquí mi propaganda de copywriter de rudimentaria elaboración, pero enseguida se me pasa, especialmente porque no la llevo encima en este momento, ligero de equipaje como salí a la calle. Me dejo envolver por la nostalginube que llevo encima, y pienso en otros días soleados en los mismos pero diferentes parques de la ciudad, los pequeños quioscos de prensa que ya no se ven, los envases retornables, y el color, el verdadero color, uno que rebosaba esta población en aquellos diferentes días. Color que no llegaba a tapar ni la polución que emanaba de las metalúrgicas que funcionaban a todo meter en esos días. Colores intensos y de brillo propio, que no necesitaba reclamos. Una época de la ciudad sobre la que me pregunto a menudo, y que me da la impresión de que no le preocupa a casi nadie, si exceptuamos al cronista de la ciudad. Quizá me ponga en contacto con ella, para satisfacer las preguntas sin respuesta que periódicamente le lanzo al aire.

Hay mucho que quiero saber, no me es suficiente con lo que veo a la primera mirada, quiero más. Lo quiero todo, si es posible, acerca del lugar en el que transito habitualmente, no me basta con haber nacido aquí, quiero todos sus secretos, esos que se ocultan tras la fachada de la ciudad y que permiten conocerla de verdad. Y pronto, pues tengo otros lugares a los que ir, nuevos rincones que conocer y recorrer.

martes, 18 de febrero de 2014

Desdichada condena





Lunes, mal día, para todo... hasta para respirar, porque a el le ha tocado sumergirse en una sombría existencia.

Mientras va de un lado a otro, siente su cuerpo como ajeno, muy pesado, moviéndose torpemente, como un astronauta en la superficie lunar.

El aire que respira lo ahoga, no le alcanza para sus pulmones, que ansían más.

Recuerda que hubo un tiempo en el que albergaba grandes esperanzas, de una vida completa, con un buen trabajo, amor, familia, y días de sonrisas y luz.

Pero el mundo conspiró para no permitir que se cumpliesen sus sueños, ninguno de ellos. Ahora esta en un lugar que no le correspondía, un lugar en el que ni tan siquiera deseaba estar, alejado de todo aquello que quería,

Vivía un ávida que no era la suya, vivía la vida de nadie, sólo sostenido por la inercia, viendo como todo se caía a trozos, incluidas las ya pocas ilusiones que le restaban. Ilusiones cuyo recuerdo vago le producían un agudo escozor que le torturaba a cada paso.

Estaba condenado a nada en las profundas aguas del pesar y la desdicha, mientras constantemente su mirada gritaba silenciosamente, por la congoja que le detenía la circulación de la sangre en sus venas. Su interior, era ya como un calcinado campo de pruebas nuclear, en el que las explosiones se sucedían con frecuencia.

Condenado a vagar en una triste existencia, en la que temía que si osaba experimentar un instante de alegría, la desdicha se vengaría de él, redoblando su intensidad.

De una vida definida y llena de expectativas, a una solitaria existencia errante y sin sentido, carente de contenido y significado, como un fantasma. Desdichada condena perpetua, que le acompañaría hasta la tumba.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Reclusión en el imperio de la führer Merkel





En el peor agujero de Europa, Eliseth se sentía fuera de lugar, por utilizar un termino suave.

llevaba allí más de un año, y cada día que pasaba, pensaba en largarse a la primera oportunidad de aquel estercolero por el que había dejado su propia casa.

Ella era una profesional de los mejores  en su campo, la enseñanza, así como también de otros muchos en los que pusiera su mente a trabajar. Era una chica brillante, su refulgente mirada, así lo evidenciaba.

Aquella mañana se levantó con pocas ganas de tener que soportar a aquellos arrogantes comesalchichas, que miraban por encima del hombro a todo aquel que no fuese completamente alemán. Había algo en los genes de aquellos seres, que les impelía a intentar pisotear y dominar a los demás, reminiscencias de lo más oscuro de su historia, quizá aquellos tenebrosos años 30, que aún perduraba solapadamente en aquel pueblo.

Siempre dirigiéndose a ella con aires de superioridad, por su largo pelo negro, sus ojos oscuros, y su estatura, características poco acordes con los estándares germánicos, aunque ella poseía mucho más carácter y personalidad que todos aquellos presuntuosos y reprimidos gilipollas, que aparentaban rectitud, hasta que creían no ser vistos, abandonandose con extrema voracidad a todos los vicios y perversiones existentes.

Eliseth, tuvo también que aprender aquel dificultoso y feo idioma, que recordaba a los guturales gruñidos de la era de las cavernas, lo que consideraba adecuado para aquellos espantosos simulacros de seres humanos.

Se reía con los medios de comunicación de España que llegaban a sus manos, que alababa un día tras otro a Alemania, y hacía reverencias sobre los puestos de trabajo que ofrecía a españoles. Reía porque esos medios omitían lo más importante, que era que los alemanes, como buenos xenófobos lo único que pretendían era que los extranjeros se deslomaran por ellos, coger mano de obra barata para sobreexplotarla con un  ruinoso sueldo, hasta que terminaban de exprimirlos, para luego tirarlos.

Era consciente de la situación que realmente vivían casi todos desde que habían dado con sus huesos en aquel país, un nefasto día de sus vidas. Aunque como siempre, había alguna excepción, como el converso con el que tenía la mala fortuna de convivir. Pepe, su compañero de piso, un orondo treintañero que desearía ser alemán, pero que por mucho que hiciera la rosca a los cabezas cuadradas, estos jamás dejarían de verlo como a un extranjero, un ciudadano de segunda. Le frustraba no conseguirlo ni adoptando las peores costumbres germanas, como la de ser un asiduo usuario del lenocinio.

Cada día era peor que el anterior. Eliseth estaba doblemente a disgusto, por un lado, en su trabajo, por otro, en su casa, que empezaba a haber mal ambiente. Pepe tenía el convencimiento de que su titulación le otorgaba automáticamente la posesión de la verdad absoluta, poniéndose como ejemplo de constante virtud, cosa que sería factible si no fuese por su afición a la mentira, el insulto, la manipulación, y últimamente, el acoso, aunque como buen ultracatólico, tan sólo tenía que confesarse y ya, vuelta a empezar, a girar la rueda del vicio y los malos modos.

Para Eliseth, el ambiente allí era de una alarmante toxicidad. Estaba realmente harta de todo aquello, quería volver a tener una vida, algo más que trabajar hasta la extenuación, y en casa, dormir, no sin antes soportar las embestidas de su demencial compañero.

Eso era vivir? Calles desiertas con un más que frío clima, y una gente agresivamente gélida. Permanecer allí, le estaba empezando a pasar factura, se estaba dejando la salud en tan inhóspito lugar.

Si regresaba a España, pensaba, la caza de un trabajo sería algo más complicado. Pero aún era joven, y si lo que quería era tener una vida, su permanencia en Alemania, debía concluir.

Decidió en un segundo. Decidió a favor de su propia vida. A tomar por el culo todo aquello. Quería el sol, acariciando su piel, ver vida en las calles, sentir la piel amada. Adiós a aquella maldita tumba de hielo.

Pronto dejaría de tener que soportar hijoputeces de todos aquellos individuos. Volvería a la tierra que la estaba llamando. Su verdadero hogar le esperaba, para darle cariñosamente la bienvenida.

martes, 12 de noviembre de 2013

El hombre helado




Una figura encogida, atravesaba las lluviosas calles de la ciudad, en medio de la quietud de la noche. Caminaba a pasa rápido, pero con cuidado de no sucumbir ante las traicioneras y mojadas baldosas, que agazapadas y en silencio, acechaban siempre en busca de su próxima víctima.

Se tocó el cuello de la cazadora, para asegurarse de que la tenía abrochada al máximo, intentando combatir la gélida sensación que parecía que nunca le abandonaba. Le llamaban el hombre helado, porque siempre parecía estar frío, siempre parecía tener frío. Cuando entraba a un lugar, casi nunca se quitaba la prenda de abrigo que llevaba puesta, por mucho calor que hiciera.

En sus paradas en algún local de la ciudad, siempre se agarraba con ansia y desesperación a una taza de café, intentando recobrar el calor perdido.

Casi nadie sabía su historia, y los pocos que la conocían, la habían olvidado hacía tiempo, para ellos era tan sólo una excentricidad suya. Sólo el mismo era dolorosamente consciente de su estado. Que una vez conoció el calor que necesitaba, y lo perdió. Ahora estaba fuera de su alcance. El calor que le devolvería a la verdadera vida se encontraba a muchos kilómetros, y el vivía un constante invierno.

En esos días de Noviembre, el hombre helado soportaba estoicamente la lluvia y las heladoras ráfagas, sabiendo que no tenía forma de eludir sus efectos, que eran mayores que en cualquiera.

A pesar de todo ello, el hombre helado sabía que en su interior guardaba su antiguo calor, reconfortante y de suma importancia para el. Un calor con nombre propio. No perdía la esperanza de recobrarlo, pues era vital para el, por eso no dejaba de moverse, no dejaba de luchar por volver a fundirse con la persona que le curaría de su invierno sin final. La persona que era capaz de encender en el una permanente llama. El hombre helado era sabedor de que ella también le buscaba, y que un día cercano hallaría el modo de estar juntos. Ese día, compartirían su calor mutuamente, iluminados por el fuego de la vida, un fuego que nunca se extinguiría, ardiendo en ellos por siempre.




viernes, 4 de octubre de 2013

Cumpleaños del ausente






Ayer cumpliría 15 años. Hace un tiempo que ya no está, pero no me acostumbro, no me hago a la idea, al menos, no del todo. Ya no está, excepto por el hecho de que sí está. No físicamente, pero de alguna manera se siente su presencia, la huella que dejo con su existencia. Siempre miro hacia el lugar donde dormía a pierna suelta.

Anoche, no por que motivo, soñé con el. Se me acercaba, mirándome con esa expresión que sólo el sabía poner, y moviendo el rabito, buscando mi mano, para que lo tocara una vez más.

Me desperté, esperando encontrármelo encima como otras tantas veces. Abrí los ojos y no estaba allí, pero lo había sentido. Quizá haya querido dejar parte de él, un poquito de sí mismo, para que siempre lo recordara.

Por eso he querido dedicarle un post en el día en el que nació ese pequeño y peludo perrillo, que alegraba la casa, la que recorría con su característico trotecillo, y se detenía para olisquear todo lo que se le pusiera delante, con esa dulce y mimosa forma de ser, siempre buscando caricias, a lo que era imposible negarle.

Felicidades, pequeño, que tengas todas las caricias y los mimos que tanto te gustaban, que corretees y curiosees cuanto te plazca, queda un poco de ti, que guardo para que me acompañe, y amortigue tu ausencia.

sábado, 17 de agosto de 2013

Una historia como otras muchas





Al principio de la vida, las personas tienen intacto el corazón, pero con el paso del tiempo, y con el uso que se le da, muchas veces se convierte en una especie de puzzle. Un puzzle que, a fuerza de tanto montarlo y desmontarlo, acaba por perder alguna de sus piezas en el proceso.

Un sonido apenas audible, como un suave crujido. Son los corazones que se rompen diariamente en el mundo. Es un crujido cargado de tristeza. Pero algunos dicen que es mejor que sea así, porque eso es señal de que funcionan, de que han querido con toda su fuerza.

Dicen que eso, es que sus portadores se atrevieron a dar el paso hacia lo que querían a pesar del gran riesgo que ello conlleva, el mayor desafío que una persona puede abordar en su vida. Dicen que es preferible sentir ese dolor, que pasear insensiblemente viviendo con una fría piedra en el pecho.

Todo eso estaba muy bien para algún filosofo, o algún poeta, pero eso a Alfredo no le valía. Estaba sufriendo, se sentía jodido sin remedio. No era demasiado mayor, no era nada feo, ni tampoco es que le diera pereza el conocer a otras personas. Era que había conocido a la persona de su vida, la que de verdad le llenaba por completo, sólo para verla alejarse. Quería a esa persona, y a ninguna otra. No tenía por que iniciar nada de nuevo con otra, con alguien que nunca le terminaría de llenar, y por supuesto no se sentía en absoluto identificado con esos dichos.

Refugiarse en el trabajo, tampoco es que fuera la mejor idea, al menos en esas fechas. En el mes de agosto, no entraba nadie ni por equivocación en la copistería en donde trabajaba. Además, el calor del sol que entraba por el escaparate, sumado al de las máquinas que estaban encendidas todo el día, le hacía sentirse ligeramente aturdido, además de con los ánimos por los suelos.

Así pasaba sus días, sintiéndose como roto en cientos de trozos. Con las noches casi sin dormir, y los días entre máquinas fotocopiadoras, mirando el correo, el teléfono, en busca de alguna señal de la presencia tan querida para el, aunque un día tras otro, esa señal no se producía.

lunes, 31 de octubre de 2011

Retrospección inducida

Recientemente me encontraba en uno de mis tugurios preferidos de la ciudad,sorbiendo tranquilamente una cerveza,era una de esas noches que se prometían completamente aburridas e insustanciales,de esas que desearías borrar de un plumazo,cuando giré la cabeza hacia la entrada y pude ver el rostro de mi disipada jueventud,un viejo amigo,que llamaremos Z,para no despertar susceptibilidades,el ultimo bastión de aquellos años disolutos y todo lo que supusieron.
Enseguida nos dispusisimos a ponernos al día sobre nuestras vidas,pero sobre todo rememoramos viejos tiempos y antiguas batallas,entre risas y bromas,y sin dejar de trasegar cerveza tras cerveza.
En plena espiral hacia el olvido,inducido por la bebida,tengo uno de esos momentos lúcidos que sólo el alcohol proporciona.Pienso en aquellas noches frías en las calles de aquella ciudad,pienso en la gente que abundaba por aquel entonces,que tiempos,me digo.
Recuerdo aquel local que frecuentábamos,cuyo nombre nunca llegue a grabar en mi memoria,con su clientela habitual repleta de perturbados,era un cocktail motolov de todas las tribus urbanas,mods,skins,punks,etc.a veces las cosas se salían de madre y se montaba una especie de guerra mundial,aunque todos eramos conscientes de ello.
Sólo íbamos armados de nuestro atractivo personal,unas constituciones de acero y unos cuantos ajos de los buenos,sin estricnina.El plan era a prueba de bomba,éramos guapos e indestructibles.El futuro se nos aparecía esplendoroso.
Pienso en todo aquello,en lo que quedó atrás,y en las cervezas ante las que nos reuníamos y en cantar nuestros propios cantos tribales,no canto desde entonces.
Actualmente están derribando las construcciones antiguas,construyendo sobre los lugares que alguna vez significaron algo.
En esos lugares descansa una suerte de poder totémico,por decirlo de algún modo,por eso quieren borrarlos del mapa,representa la antítesis del poder actual,por eso lo detestan y lo temen,y nos lo arrebatan,como todo lo demás,pronto sólo podrán robarnos nuestros votos.
Miro un rato hacia la television del bar,del que salen imágenes de indios nativos americanos,y no se me escapa la analogía de la situación. Mi mente atraviesa países y continentes,y los veo.Una gente que es el eco de la historia de su tierra por el sólo hecho de existir aún.
Me percato de que he traído de vuelta algo más que unos simples recuerdos.
Ahora estoy con mis aborigenes,y que me jodan si no estamos enfrascados en la misma batalla.el derecho a existir,a no extinguirnos.