miércoles, 22 de mayo de 2013

Viaje temporal-3. Hombre del mañana








La mañana se fue abriendo paso, y ya alumbraba la luz del sol, dando al cielo su brillo. Ernesto, fue despertándose poco a poco, abriendo los ojos, y viendo en donde estaba. Notaba el cuello un poco agarrotado, y maldijo interiormente al sofá, a Pedro, y a todo bicho viviente que caminara sobre la superficie de la tierra. Se incorporó un poco, y se quedó sentado unos minutos, encendiéndose un cigarrillo, mientras pensaba en que podía ser lo que le deparaba el nuevo día, en el fin de semana más extraño de toda su vida. Miró su reloj, las diez, se puso los zapatos despacio, mientras fumaba hasta que aplastó la colilla en el cenicero. Se puso en pie, dispuesto a dar carpetazo a aquel asunto de una vez. Si, hoy todo se aclararía.

Salió de la sala, en busca del cuarto de baño, para atender a un imperativo biológico. Su cuerpo había decidido que le sobraba cierta cantidad de líquido. Acertó a la primera, y cuando se hubo descargado, se sintió un poco más ligero.

Al salir del cuarto de baño, se encontró en el pasillo con Pedro, que ya estaba en pie, y se saludaron sin demasiada efusividad, lo que,  teniendo en cuenta las circunstancias, era lo natural. Ernesto pensó que había tenido suerte al encontrárselo vestido, sólo faltaba que tuviera que toparse con el en ropa interior, lo cual ya sería demasiados sobresaltos para tan pocos días.

Mientras esperaba a que Pedro terminase lo que quiera que estuviese haciendo y saliera del baño, Ernesto se entretuvo hojeando unas revistas que estaban encima de un mueble en el pasillo. Eran ejemplares atrasados de la revista Ajoblanco, y algún número de el Víbora.

Después de un rato, oyó abrirse la puerta del baño, y Pedro salió y le dijo:

- Ah, aquí estás, eh? Muy bien, preparado para darte una vuelta por 1980?

- No, pero sí preparado para saber que coño pasa aquí.

-Pues allá vamos- Dijo Pedro esgrimiendo esa sonrisilla que exasperaba a Ernesto

A los pocos segundos de salir del piso, y comenzar a bajar las escaleras, Pedro se detuvo y se giró hacia Ernesto.

-Oye Ernesto, si puedes evitarlo, te sugiero que no saques el móvil, y si lo haces, procura que nadie te lo vea. De todas formas, aquí, en este tiempo, no funcionará.

- Ah si? pues espera un momento, voy a comprobarlo.

Ernesto sacó del bolsillo el teléfono móvil, para ver si le estaba tomando el pelo, pudo ver por si mismo que así era, que su teléfono no solamente no tenía cobertura, sino que ni tan siquiera se veía en pantalla el nombre del operador. No había redes móviles ni inalámbricas, así que, ni cobertura, ni internet, ni nada que se le pareciera. Allí, el móvil sólo le serviría para hacer funciones de calculadora, de despertador, y de pisapapeles. Se lo volvió a echar al bolsillo, fastidiado, mientras entonaba un sonoro "joder".

Cuando pisaron la calle, no esperaba ver el escenario que vió. La gente con la que se cruzaba, vestida con ropas que a el se le antojaba muy estridente y de chillones colores, con una estética más libre de la que estaba habituado. Los coches que circulaban, Cuatro latas, Dos caballos, Seat 127, Renault 5, Peugeot 504, Simca 1200, Talbot horizon, esos vehículos que ya no se veían ni en las exposiciones de coleccionistas. A cada paso que daba, cada cosa que veía, le dejaba boquiabierto.

- Oye, te encuentras bien, Ernesto?- Preguntó Pedro en vista de la cara de susto que se le estaba poniendo.

- Si, si, todo está bien...

- Bueno, ahora debemos ir a hacer una pequeña compra, si no tienes inconveniente, será una cosa rápida.

- De acuerdo, no tengo ninguna objeción al respecto- Contestó Ernesto con la cabeza en otras cosas.

Pasaron por delante de una librería, una librería que Ernesto recordaba que se había cerrado muchos años atrás, dejando en su lugar un vacío y desolado local, sin uso, abandonado. Pero ahí estaba la librería, abierta y refulgente, con un continuo fluir de curiosos y clientes, entrando y saliendo. Ernesto empezaba a ponerse un tanto nervioso, las evidencias se iban acumulando, y eso era algo que le incomodaba un poco. Hasta ese momento, no había contemplado la idea de que las cosas que Pedro le decía, pudieran ser la verdad.

Cuando llegaron al lugar a donde Pedro pretendía ir, la imagen de ese lugar, sacudió a Ernesto como si de una descarga eléctrica se tratara. Era el mismo lugar que había visto el día anterior, cuando deambulaba sin rumbo. No podía ser, pero ahí estaba, se quedó a la puerta unos segundos, y penetró en su interior.

Se encontraba en el otrora orgulloso Simago, la poderosa y omnipresente franquicia de supermercados de aquel tiempo, no había ni rastro del bazar chino que estaba habituado a ver allí. Era real, lo estaba viendo, era inconfundible, las bolsas de plástico amarillas con la gran S, el hilo musical, el olor a palomitas que emanaba de la máquina instalada en un rincón de la entrada, las madres con sus díscolos hijos...era increíble, pero ahí estaba, tangible, al alcance de los sentidos.

En un último intento, husmeó en busca de algún indicio que le revelara que aquello era un simple espejismo, buscando entre las publicaciones expuestas la fecha, para tranquilizar su ánimo, pero fue una pesquisa infructuosa, y la duda razonable se convirtió en certeza, nada de 2012, sólo 1980. Todo aquello no era ni montaje ni ilusión óptica, no había lugar a dudas. La ciudad era misma, la que siempre había conocido, y todo estaba en su justo lugar, lo recordaba muy bien, los recuerdos de esa época eran muy nítidos y no se habían diluido jamás de su mente. Ya era consciente de que cualquier otra cosa que hiciera, comprar un periódico, encender un televisor, no le daría otra respuesta que la que ya tenía.

Mientras tanto, Pedro ya había terminado de coger lo que precisaba para aquel fin de semana, pasó por caja, y salieron, sólo había ido a por un litro de leche, que le faltaba en casa. Eso también le pareció curioso, comprar sólo lo necesario, en contraposición a lo que siempre veía en su día a día. Se le acercó y le pregunto:

- Pedro, necesito tomar un café, podría ser que hiciéramos una parada, si no tienes prisa?

- Sin problema, no tengo nada más que hacer, vayamos, pues.

Ernesto necesitaba pararse y tomar asiento unos momentos, para asimilar la nueva situación en la que estaba sumido. Eligieron una cafetería cercana, en la que había apenas clientes.

- Bueno, que, has visto ya suficiente, o aún necesitas más para verlo claro todo?- Le dijo Pedro, con un tono socarrón.

- Ha sido... demasiado- contestó Ernesto.

Pidieron un café en la barra, atendidos por un camarero entrado en años, y con las gafas de cristal más grueso del mundo, aquellos cristales podían servir como lentes para un telescopio, pensaba Ernesto. Cogieron los cafés y se los llevaron a una mesa, que estaba apartada del resto de los clientes, concentrados en la barra.

- Entonces, por fin eres consciente de donde, o en este caso, de cuando estas, no?- Le soltó Pedro

- Si, pero... no se como, ni el porqué, no puede ser que ésto me haya tocado a mi.

- Pues así es, Ernesto, eres uno de esos escasos seres vivos, de los que por alguna razón ha sido dotado de habilidades extraordinarias, ya se que suena extraño, pero ya ves que así es. Yo, si quieres, puedo orientarte, y por supuesto evitar que desencadenes alguna catástrofe por un mal uso de esas habilidades.

Ernesto levantó la vista hacia Pedro, casi en estado de shock, y le respondió.

- Entiendo, ahora empiezo a entenderlo, pero... si todo es cierto , aún tengo un problema. Si esto es 1980... aquí no tengo a donde ir, no existo como adulto. Además, habré perdido todo cuanto tenía en 2012, mi vida, y mi empleo, con lo que me costó conseguirlo, tal y como están las cosas.

Pedro parecía divertido escuchando los lamentos de Ernesto, y no pudo evitar que se le escapara la risa, lo que hizo que Ernesto le fulminara con la mirada. Cuando Pedro se cansó de carcajearse, le dijo a Ernesto:

- No seas cenutrio, No tienes ningún problema, joder! Lo que te ha sucedido no ha sido un accidente, ni has venido subido en un Delorean. Tú eres quien tiene la capacidad de moverte por el tiempo a voluntad. Puedes volver a 2012, o a la época que elijas cuando quieras. No perderás nada de tu propia vida, asi que deja de lloriquear.

- Ah si? Pues ya me dirás como hacer semejante proeza, tío listo, porque yo, desde luego, no tengo ni puta idea de como se hace eso.

- Muy fácil, querido quejica, tan sólo tienes que acceder mentalmente al centro de tu poder, yo te guiaré, y te ayudaré a afinar tus habilidades, para que controles tus saltos temporales.

- Puede conseguirse eso de verdad?

-  Si, pero... para ello, quizá debas quedarte en ésta época una temporadilla.

- Como dices?- Ernesto palidecía por momentos.

- Eh, tranquilo, eso no se consigue de la noche a la mañana, sabes? Requiero algo de práctica, y un poquito de tiempo.

- Un poco de tiempo, dices? ay, joder!

- Cálmate, no te preocupes, pronto veremos progresos, y será como si nunca hubieras dejado 2012.

- Repito, cuanto tiempo hace falta para eso?

- Muy poco, será cuestión de unas dos semanas, como máximo.

- Semanas... - Murmuró Ernesto para sí. La sola idea le helaba la sangre. Volver a vivir en el año 1980, esta vez como adulto, y acostumbrado al año 2012, del que provenía, podría suponer un contraste muy grande para su modo de vida, durante el tiempo que permaneciera allí, aún suponiendo que no perdiera todo por lo que había luchado en el siglo XXI.

- Dime una cosa, Pedro, y si no aceptara ese digamos, asesoramiento tuyo, que pasaría?

- Oh, pues nada del otro mundo, tan solo que si no quieres aprender a utilizar tu habilidad, tendrías que permanecer aquí de por vida, sin nada que yo pudiera hacer al respecto.

Ernesto no sabía si reír o llorar, no sabía como debía reaccionar ante semejante situación, que nunca podría haber imaginado. Todo aquello, era, para el, un impacto de titánicas proporciones. Cuando se recompuso un poco le dijo a Pedro:

- Bueno, supongo que no tengo mejor opción que aceptar, tu orientación.

Pedro exhibió una de esas irritantes sonrisas, y Ernesto prefirió fijar su atención en el café, antes de que se le enfriara. Mientras una vez más, maldecía para sus adentros.

lunes, 20 de mayo de 2013

Viaje temporal-2. Donde estoy, o cuando estoy?






Ernesto se quedó callado unos instantes, mirando a Pedro, el tipo de la perilla que le había dicho que estaba en el año 1980. Ahí estaba, a la puerta de un bar con ambientación retro, que cobraban en pesetas, vaya fin de semana se le presentaba.  No sabía que era lo que debía hacer ante una situación tan extraña e irritante, no sabía que rayos estaba pasando. Se estaba empezando a impacientar. Cerró los ojos unos instantes.

- Estás bien? Te veo un poco pálido- Le preguntó Pedro.

Ernesto abrió los ojos, y fulminó a Pedro con la mirada.

- A ti te parece que esto es estar bien, joder? No que es lo que hostias pasa aquí, y encima vienes tú, que ni te conozco, a soltarme una cantinela de que ésto es 1980 y encima esperas que te aplauda con las orejas.

- Cálmate. Hagamos una cosa, vente conmigo, a mi piso, y te contaré que es lo que sucede.

- A tu piso? Gracias pero no, ya aclararé esto...de alguna manera -Respondió Ernesto, rebajando el tono, y calmándose.

- No seas inconsciente. en ésta época no tienes a dónde ir. Lo único que puedes conseguir es llevarte una paliza en una comisaría, y acabar entre rejas si montas algún numerito.

Ernesto pensó, sopesó las opciones. Si había algo de verdad en lo que ese tipo decía, quedarse en la calle conllevaba un riesgo, riesgo que no le apetecía correr en este momento.

- De acuerdo, acepto, pero sólo esta noche. Y una cosa mas, por si tienes intenciones ocultas, soy hétero, y sé algo de artes marciales.

Pedro rió. - Muy bien entonces, sígueme, tengo el coche ahí.

Ernesto, dándole vueltas a la cabeza aún y sin saber que otra cosa hacer, siguió a Pedro en un recorrido de unos 50 metros desde la puerta del bar, y subió en su coche, un Seat 850 de color blanco. Pedro arrancó y se dirigieron a su casa, donde llegaron en unos diez minutos.

Se bajaron tras aparcar junto al parque grande. Ernesto siguió a Pedro hasta un edificio cercano, un edificio que él conocía, y frente al que pasaba con asiduidad, pareciéndole viejo. Pero ahora era relucientemente nuevo. El portal estaba forrado de madera, así como la puerta, hecha del mismo material. No veía los frecuentes elementos metálicos a los que acostumbraba, prácticos, pero estéticamente monótonos, incluso feos. Subieron las escaleras hasta el segundo piso, aún no se había instalado ningún ascensor.

Al llegar al segundo derecha, Pedro sacó la llave y entro, encendiendo las luces a continuación. Entrando los dos hasta la cocina. Ernesto se fijó en el mobiliario, los armarios de corte retro, y la pequeña cocina de tres fuegos a gas butano, una lavadora Kelvinator de las que ya hacía tiempo que no existían, y una enorme nevera sin marca, de formas redondeadas. Todo parecía concordar con lo que había dicho. Aún así, se resistía a creerlo, no podía aceptarlo, simplemente. Al menos, no sin una explicación mínimamente satisfactoria.

Ernesto notaba que empezaba a hervir por dentro, ante tan opresivo silencio, que hacía crecer su impaciencia y la sensación de incertidumbre que le acompañaba esa extraña noche. Sin poder aguantarse por más tiempo, se dirigió a Pedro.

- Bien, necesito saber de que trata todo este asunto, si no te importa.

- De acuerdo te lo contaré, acompáñame y toma asiento.

Lo condujo a un saloncillo en que había un sofá de cuero marrón y estructura metálica. La estancia estaba dominada por un ejército de libros, divididos en dos estanterías, que iban del suelo, hasta casi alcanzar el techo. En el centro, entre las dos, un gran televisor Phillips con armazón de madera recogía el reflejo de los dos hombres. Tras recorrer con la mirada toda la sala, Ernesto tomó asiento en el sofá, esperando saber que era lo que sucedía, reprimiendo las ganas de darle un guantazo al tipo ese que no hacía más que sonreír. Si, le apetecía darle, darle con la mano abierta, y con carrerilla.

Al fin Pedro rompió su silencio, y se arrancó a hablar:

- Muy bien, por donde empezar, como decir esto sin que suene demasiado extraño... Tú tienes una inusual, característica, una habilidad de la que no eras consciente, la de moverte a través del tiempo, y quizá también a través del espacio. Esa habilidad, es posible que de forma inconsciente la tuvieras inhibida, y posiblemente cuando te emborrachaste, se rompiera tu bloqueo, el inhibidor de tu habilidad.

- Mira, Pedro, en el supuesto caso de que me creyera semejante despropósito, cual es tu papel en todo esto, que pintas tu?

- Yo soy un centinela de la corriente temporal, como ya te dije, mi única habilidad es detectar a personas como tu, y localizarlas, siempre sé donde estás, y por eso me fue fácil encontrarte y sacarte del bar antes de que hubiera trifulca. Yo sólo tengo que vigilar de que no haces nada irreparable.

Ernesto, se quedó callado durante un rato, hasta que al final, dijo:

- A la mierda, ya he tenido bastante, me largo de aquí.

Salió de sala, y de dirigía a la puerta de la calle, cuando oyó la voz de Pedro detrás suyo.

- Puedes irte cuando quieras, pero te sugiero a que esperes a mañana por la mañana, para que veas por ti mismo que esto no es ningún montaje, ni yo estoy delirando. Mañana, si insistes en irte, yo te acercaré en coche a donde te plazca, pero espera a ver las cosas con tus propios ojos.

Ernesto se detuvo, pensando en ello, mientras aún sostenía el pomo en su mano, no sabía muy bien si quedarse, o irse, aunque tampoco perdería nada por esperar unas horas. De todos modos, no tenía ningún plan hasta el lunes.

- Bien, tu ganas, de momento, pero mañana por la mañana, espero que todo quede aclarado- Dijo Ernesto cerrando la puerta que ya había abierto.

- Estupendo, cuando mañana salgas a la calle, te convencerás de la verdadera situación, lo verás tu mismo, y te quedará más claro que con cualquier explicación que yo pueda darte. Espera un momento, ahora vuelo.

Se metió en una habitación saliendo un minuto después con una manta en las manos.

- Ernesto, lo siento, te ha tocado el sofá para dormir, este es un piso pequeño como puedes ver, y no creo que te apetezca compartir habitación, verdad?

- No, claro que no, y menos sin conocernos- Dijo Ernesto, sin poder aguantarse la risa. No sabía porqué, pero ese tipo, que acababa de conocer, le daba cierta confianza, más de la que quería admitir.

- Muy bien, yo me retiro a dormir, mañana lo veremos todo con más claridad, siento no tener otra cosa que el sofá para ofrecerte, parece un instrumento de tortura, pero es aún peor, nos vemos- Se despidió Pedro.

Ernesto lo despidió con un movimiento de cabeza, mientras buscaba su tabaco en el bolsillo. Se metió un cigarrillo entre los labios, cogió un pequeño cenicero de una mesa y finalmente, estirándose en el sofá y echándose la manta por encima, se encendió el pitillo.

Pensó detenidamente mientras se fumaba el cigarrillo. Una maraña de pensamientos se arremolinó en su mente. Mañana todo quedaría claro, la mañana siguiente arrojaría luz sobre todo lo que le estaba pasando. 1980, que tontería, por favor, aunque ese año era de una de las décadas que recordaba con cariño. Estaría bien volver a vivirlo. Del 2012, a 1980 en un chasquido, sería la leche, pero eso no podía ser, no?




sábado, 18 de mayo de 2013

Viaje temporal-1






Ernesto Medina, era un empleado de 38 años en Mobile Home, un establecimiento de de telefonía móvil, y componentes informáticos. Ernesto no estaba demasiado a gusto en los tiempos que corrían, le resultaba incomodo convivir con tanto aparato tecnológico, que, por otra parte había que tener en cuenta, que la tecnología se renovaba cada poco, con lo que era un lío tener que lidiar con todo ello. No es que tuviese problemas para trabajar con el material, pues sabía venderlo muy bien, tan sólo con sonreír un poco, con esa cara de eterno adolescente rubio, ya se metía en el bolsillo a los clientes. Su menuda estatura les daba confianza, no se sentían intimidados, sino que despertaba simpatía y confianza. Por otra parte, los productos se vendían sólos, solo tenía que sacar a relucir sus características, era un trabajo fácil, y relativamente cómodo para él.

No era eso lo que le molestaba, simplemente  no sentía que la época que le estaba tocando vivir como suya. A veces le invadían oleadas de nostalgia, que en su horario laboral trataba de mantener a raya. Esa nostalgia no se debía únicamente a la traumática ruptura con Silvia, añorando los buenos tiempos que con ella pasó, su nostalgia iba más hacia atrás en el tiempo, un tiempo anterior al que si sentía como si perteneciera, más sencillo y directo.

Cuando la tienda cerraba al público, una vez cumplido su horario habitual, cuando ya no había clientes o nadie que pudiera verlo, dejaba aflorar al exterior esa sensación, como añorando su propia historia, aquellos años del pasado. Temía que era lo que pudiese deparar el futuro, y contemplaba reverencialmente sus años anteriores, los años en los que cohabitaba con su no olvidada Silvia, y aún más allá, sus años de aprendizaje, cuando el mundo era nuevo y sorprendente aún, años de niñez, esos adorados años 70-80.

Así era como vivía, en una rutina preñada de añoranza de lo que sabía que no podría volver, por mucho que lo desease. Como todos los días, tras el trabajo, intentaba diluir sus penas en el bar que tenia bajo su casa, el Copa Rota.

Era un día especialmente agobiante, en el que los clientes parecían haberse puesto de acuerdo para bombardear a preguntas a Ernesto, preguntas que sólo podrían responder los fabricantes de teléfonos móviles, además de llevar más de una semana con unas escasísimas ventas, un bajón de ventas que quizá por la galopante crisis, o por lo caro de algunos modelos. Con semejante panorama, Ernesto no veía la hora de acabar la jornada y largarse de ahí, olvidarse de los pelmas hasta el lunes, ya comenzaba su fin de semana. En cuanto dio la hora de cierre, se largó disparado hacia su casa, con la consabida parada en el Copa Rota.

Ese día estaba especialmente tenso, y necesitaba tomarse algo, pero ese día su sesión cervecera se extendió algo más de lo habitual, yendosele un poco la mano con el material etílico, ya que además de las acostumbradas cervezas, abrazó algún licor de alta graduación, como el whisky, mientras lloriqueaba algo más de lo acostumbrado a Miguel, el propietario del bar, que normalmente no le hacía excesivo caso, pero en esa noche se estaba poniendo muy pesado, por lo que Miguel, antes de que Ernesto montara un escándalo que espantara la clientela que allí tenía, optó por invitarle a irse, que durmiera la mona en su casa, que no podía permanecer allí en ese lamentable estado, que si el tenía penas, los demás también, y no montaban un espectáculo por ello. Como Ernesto se hizo de rogar, Miguel acabó alzando la voz para decir que se fuera a tomar por el culo de allí ipso facto.

Al final, no quedó para Ernesto más remedio que irse, no fuera que Miguel, con el carácter que tenía, y el armario que estaba hecho, lo echase a golpes, que no era plan de acabar molido a palos un viernes por la noche. Optó por irse a casa, que era lo más cercano, y lo más prudente, arrastrar su borracho cuerpo a otro bar, podría ser una ruina, en más de un sentido.

Caminando como un zombie mareado, recorrió la corta distancia que restaba hasta su domicilio, abriendo el portal, cosa que le llevó sus buenos cinco minutos, tal era la melopea con la que cargaba, inspiró como para coger fuerzas para el último esfuerzo de la jornada, y se pasó la mano por la cara, para limpiar los restos de sus recientes lloriqueos. Subió los diez escalones del portal agarrándose al pasamanos con los dos brazos, por si acaso. El ascensor estaba ahí, y lo abrió con ansia, queriendo terminar con un día nefasto, pero no calculó bien el ángulo, y se dió con la puerta de metal en la cara. El golpe, combinado con el alcohol que recorría su organismo, fue una combinación insoportable, y cayó como un saco, perdiendo la escasa consciencia que le restaba.

Cuando volvió a abrir los ojos, muy despacio, sentía como si sus neuronas estuvieran bailando break en el interior de su cabeza, se encontró sentado en el suelo, y se levantó como pudo. Mientras lo hacía, vio que había dejado un pequeño regalo en el suelo, una pequeña regurgitación. Ya que estaba en el ascensor y en su piso, pensó que tendría que buscar algo para limpiar aquello.

Le invadía una extraña sensación, como si estuviera fuera del mundo, todo le parecía diferente, incluso la luz. Para Ernesto, había algo fuera de lugar, aunque podría ser consecuencia directa de la pequeña borrachera que por suerte, ya se iba evaporando.

Aunque la cabeza se le estaba empezando a despejar, aún no podía pensar con claridad. Necesitaba un lugar donde dejar caer el cuerpo un rato, su sofá era bastante idóneo para ello, solo esperaba poder limpiar lo que había manchado sin que ningún vecino le viese, y dormir. Había tenido suerte de que no le hubiese visto nadie allí tirado, como un borracho terminal. Suerte que no había pasado más que una media hora así.

Ya iba a meterse en casa cuando la llave se negó a meterse en la cerradura, volvió a intentarlo repetidas veces con todas las llaves que tenía, comprobó si se había equivocado de piso. No, ni de piso, ni de planta. Miraba la llave, maldiciendo al mundo, que clase de broma era esta?

Decidió salir al exterior, necesitaba un poco de aire fresco, pero lo hizo bajando las escaleras, ya había tenido bastante de ascensor por el momento. Cuando salió a la calle, la fresca brisa de la noche le refrescó, y pareció revivir un poco. El cuerpo le pedía un pequeño paseo para estabilizar el organismo.

Recorrió las mismas calles por las que tantas veces había caminado, mirando con atención a su alrededor, y se detuvo. Algo parecía distinto, muy distinto, y no por el efecto de la oscuridad de la noche, ni por los residuos de alcohol que le quedaban dentro.

Pasó un coche, que le llamó la atención, y no pudo creer lo que estaba viendo. Aquel coche era un Renault 8, si, un Renault 8 de cuatro faros. Hacía mucho tiempo que no se veía un coche así en ninguna parta. Acaso habría una concentración de modelos antiguos?

Reanudo el paso y se dirigió al Copas Rotas, un café, necesitaba un café con urgencia. Pero cuando llegó allí, no se encontró ningún bar, sino un comercio cerrado, con la verja echada, levantando la vista, vio el cartel con el nombre del comercio: Simago, con esas orgullosas letras, y ese anagrama de la ese, que recordaba vagamente a la ese de Superman invertida. Aquello no podía ser.

Empezó a pensar que le pasaba algo, algún tipo de demencia. Se dirigió hacia su casa, mientras echaba mano de su teléfono móvil, sin cobertura. Aceleró el paso, mientras se devanaba los sesos, sin saber que estaba pasando.

A pocos metros de su casa, vio un bar abierto, y entró a tomar algo y sentarse un poco. Había poca gente y estaba vestida de forma un poco extravagante, camisas de cuadros feísimas, y pantalones acampanados. Pidió al camarero un café con leche, y mientras le servían, agarró un periódico que por allí había y se fijó en que en portada presidía la noticia del asesinato de los marqueses de Urquijo, extrañado, miró la fecha. Se quedó petrificado, según el periódico, estaban en Agosto de 1980. No podía ser, tenía que haber una explicación racional a todo esto que estaba pasando. Quizá estuvieran filmando una película ambientada en esos años, y de ahí toda la parafernalia. No se le ocurría que otra cosa pensar. Se tomó el café de un trago, y llamó la atención del camarero, un hombre barbudo y voluminoso, para que le cobrara y poder irse.

- Digame, caballero. - Le dijo el camarero.

- Cobrese el café, por favor - Respondió Ernesto, sacando un billete de 5 euros.

- Son 35 pesetas.

- Cobreme aquí - Le dijo Ernesto, sin reparar en lo que le había dicho el camarero.

- Oiga, señor, que es esto? - Le dijo el camarero, sosteniendo el billete ante sus ojos, mirándolo como si fuese basura.

- Cóbrese el café de ahí. - Le dijo Ernesto, notando que su voz perdía fuelle, algo atosigado ante lo que le rodeaba.

- De acuerdo, deme las 35 pesetas, y no dinero de juguete. - El camarero no sonreía, pero parecía divertido por la situación.

- Eeeh... un momento. -Ernesto no sabía que hacer ni donde meterse, se metió la mano en el bolsillo, aún sabiendo que no iba a servirle de nada. Empezaba a sudar lo que le quedaba de alcohol.

- No se preocupe, esto lo pago yo. - Sonó una fuerte voz tras Ernesto.

Ernesto se giró, y vio a un hombre de perilla, moreno, con una camiseta roja, sin dibujo, que le miraba.

- Muchas gracias, es usted muy amable. Me ha sacado de un buen apuro. - dijo Ernesto, limpiándose la frente con el dorso de la mano.

- No hay de que. Convendría que habláramos discretamente, si me hace el favor.

- Como usted guste.

Ernesto salió del local tras el desconocido que le había ahorrado una bochornosa escena. Ya en la calle, el hombre se le dirigió.

- Mi nombre es Pedro, permíteme tutearte. Seguramente te estés preguntando que es lo que pasa, imagino.

- Encantado, me llamo Ernesto. Y si, me pregunto que es lo que pasa. Están rodando alguna película o algo así? Todo es muy raro.

- Desgraciadamente no, no es una película. Todo esto está sucediendo realmente. Yo sé lo que sucede, has retrocedido en el tiempo. Yo lo sé, porque soy un centinela de la corriente temporal.

- Venga hombre, eso no puede ser. Me estás contando una historia que no se puede creer.

- Ernesto, puedes creerlo o no, te invito a comprobarlo, mires a donde mires, solo verás las cosas de 1980. Tu 2012, aun no se ha producido. Tu mismo te darás cuenta de ello.

Ernesto no dijo nada, corría una fresca y agradable brisa, pero él notaba que le faltaba el aire. O estaba frente a un mentiroso compulsivo, frente a un loco, o la situación era mucho peor si todo era cierto.



                                                                                                                        CONTINUARÁ

viernes, 17 de mayo de 2013

Escenas de un día común en una ciudad cualquiera









Ay, que poco valoramos las cosas de la vida cotidiana, esas pequeñas cosas que nos acompañan en nuestro devenir diario y ni les prestamos la debida atención. Pero si un día nos faltan, notaremos su ausencia.

Porque que sería de la vida en las ciudades, pequeñas o grandes, sin esa serie de cosas, de minúsculos detalles, que nos aderezan la vida en las urbes? No pueden faltarnos, son esos vecinos tan atentos que dejan el ascensor con la puerta abierta en último piso, mirando por nuestra salud, porque hagamos ejercicio. Esas personas armadas de paraguas que no quieren que nos despistemos un segundo, entrenando nuestros reflejos esquivando nuestras varillas dirigidas hacia nuestros ojos, y no solo eso, también entrenan nuestra resistencia, impidiéndonos guarecernos bajo las zonas secas, que ellos ocupan. O esos conductores que impiden que caigamos en un exceso de confianza en los semáforos y pasos de cebra. Y para desestresar nuestro paseo callejero, están los jubilados que forman una barrera humana a un paso imperceptible, para que no caigamos en las garras de la prisa y la ansiedad.

Que momentos más memorables al hacer la compra, en los que aunque no queramos creerlo, los directivos de los centros comerciales quieren ahorrarnos nuestro precioso tiempo, para que no lo perdamos en leer fechas de caducidad y procedencia de los productos, por eso son ilegibles o están impresos en códigos que ni ellos conocen. Nos hacen también la estancia en el comercio muy amena, que se transforma en una gimkana, en la que lo mismo hemos de sortear lagos de leche derramada, como hacer escalada o espeleología en busca de artículos dispuestos en estantes que no todas las manos pueden alcanzar, además de aguzar nuestro sentido de la orientación cambiando la disposición de los mismos estantes cada cierto tiempo. Y que calor humano en la caja, a la hora de guardar cola para pagar, en la que los que vienen detrás se adhieren a ti, no dejando pasar ni el aire, buscando furtivas caricias.

Y a la hora de regresar, aunque vengamos de la calle nosotros también, por si nos hubiésemos perdido el parte meteorológico, siempre hay algún vecino que aprovecha el viaje en ascensor para darnos un informe detallado y completo.



martes, 14 de mayo de 2013

Nómada







Era un autoestopista, un moderno nómada. Su nombre, no importaba, puede variar tanto como su ubicación geográfica. Su rostro curtido por el sol y el viento, delataba la carencia de cuchillas de afeitar, con una poblada barba y castaño pelo largo que no ocultaban sus ojos azules. Su 1,80 de cuerpo, ya lleva muchos kilómetros en su contador, largas jornadas de caminatas, tren, autobús, y su predilecto autostop, que piensa que debe volver a popularizarse, que facilitaría la confianza y la comprensión entre las personas de una sociedad tan paranoica.

Veía su vida anterior como un mal sueño, un sueño en el que probó todo lo que se supone que una persona normal debe hacer, tener una formación, un trabajo, una pareja, ser un pequeño engranaje de la gran máquina. Pero no pudo aguantarlo, no quiso vestirse con ese disfraz de normalidad, si es que la normalidad existe en un mundo tan histérico y convulso. Decidió recorrer su propio camino, un camino que abarcaba el mundo entero, no se sentía apegado a ningún territorio concreto, no sentía ninguna tierra como suya, porque eran el, y todos los ellos que lo poblaban, quienes pertenecían al mundo. Y así se sentía bien, que la vida fluía de una forma natural, en contraposición a las artificiosas fórmulas predefinidas que había experimentado antes.

Llevaba años ya viviendo de esta forma, y sentía que todas sus necesidades estaban cubiertas, que todas sus querencias estaban colmadas. No sentía excesivo apego por las cosas materiales, tan sólo eran instrumentos que tenía su utilidad y nada más, no codiciaba ningún bien. Tan solo necesitaba su mochila, su cazadora, un par de buenas botas y nada más. En cada lugar que paraba durante un breve tiempo, tenía la facilidad para ganarse la vida en casi cualquier campo laboral, pues tenía facilidad de aprendizaje, y gran habilidad en todo lo que pusiera su atención. para finalmente, dejarlo y seguir su camino. El alojamiento no era un problema, sobraba tiempo para comer y dormir. Para el, la vida que llevaba era la natural forma de vivir, no esa frenética vorágine de stress que había visto en las ciudades que había dejado atrás.

Lo que más valoraba en este mundo era conocer nuevos lugares, y nuevas gentes, que siempre le sorprendían agradablemente, no había perdido esa capacidad. Era capaz de recordarlas los nombres y los rostros de cada una de las personas con las que se había cruzado en su interminable trayectoria, esa era la única posesión que valoraba, y guardaba en su interior, las personas y sus recuerdos, que eran los que le animaban a continuar su camino, explorando nuevos lugares y posibilidades, ellos eran los que en medio del camino, al evocarlos, le dibujaban una satisfecha sonrisa en su rostro, mientras se dirigía en pos de nuevos parajes, y nuevas experiencias. La vida era eso, el futuro tan solo era un espejismo, una serie de etéreas ideas, aún sin conformar, había que vivir el hoy de la mejor manera posible. Y lo haría mientras le aguantaran los huesos.

viernes, 10 de mayo de 2013

Otra violencia








A veces, da la impresión de estar hechos de acero, por estar aguantando lo inaguantable, que es esta situación social, este asfixiante clima en el que vivimos a diario, como si ya muchos de nosotros estuviésemos ya completamente insensibles a todo cuanto suceda en nuestro entorno, y resulta que suceden muchas cosas, muchísimas, que en otros lugares del mundo no consentirían jamás, arderían las calles con mucho menos de lo que aquí nos han hecho, y siguen haciéndonos.


Quizá haya cierta gente que refugiandose en su micromundo, es decir en su entorno familiar y poco más, cree que ya lo tiene todo hecho, que la tormenta no le va alcanzar, autoengañándose, tomando la situación como algo normal, en un alarde de demencia, o quizá es que cree que por negar el problema, éste desaparecerá. Aunque eso no es lo peor de todo, lo peor es que esas personas que ven espejismos, arremeten contra todo aquel que le hace ver toda la serie de problemas a los que nos enfrentamos, todas las heridas abiertas por donde la sociedad se desangra. Un anómalo aunque extendido comportamiento el de esas personas.

Ese es el problema, el primer problema al que esa gente tiene que enfrentarse, quitarse la mala costumbre de dejarse hace, de acatar, de obedecer, tiene que empezar a cuestionar la autoridad que tanto veneran, y cuestionarse incluso a ellos mismos, dejar de comportarse como autómatas, dejar de alimentarse de miedo y desinformación, romper su bloqueo, su bunker mental, con la falaz idea de que ya no hay nada que hacer, que no hay otros modos, etc, todo a través de métodos de violencia sutil aplicada desde arriba, una violencia que sin llegar a ser física es tangible, aunque sutil.

Porque estas cosas a las que muchos están ya demasiado habituados a verlas y ya les da igual, mientras que a otros nos encienden la sangre, como el hambre, la precariedad laboral, el desempleo, los deshaucios, la carencia de cobertura sanitaria, la desigualdad social, con formas de violencia muy utilizadas en la actualidad, son formas de violencia que les sirven, a las grandes fortunas, si, ese complejo financiero-industrial, que controlan los medios de comunicación, o más correctamente, medios de desinformación, de los que se sirven para envenenar y alienar al público que hace pensar que las voces que dicen que el periodismo está moribundo, pueden tener razón, parece haber sido sustituido por escribas al dictado del poder corporativo, con el único interés de obtener el mayor lucro, a costa de manipular la información, de modo que el mensaje llega completamente deformado. Se intenta asesinar todo rastro de pensamiento crítico e independiente, para mantener la situación de sumisión, de inoperancia de todas esas personas, para seguir apoderándose de todo, a la vez que mantener el control, un control social que ejercen por medio de esa violencia sutil, pero violencia al fin y al cabo, un control que a la vez les capacita para seguir acumulando recursos que otros producen,para ser despojados de ellos, un vicio de esos privilegiados que tienen mucho, pero que codician absolutamente todo, esos son los intereses que persiguen, a toda costa, pisoteando, en el proceso, todos nuestros derechos, en el mejor de los casos, y sin ningún rubor en mancharse las manos de sangre si fuese necesario, no sería la primera vez.

jueves, 9 de mayo de 2013

Entre dos pisos





Un día más, de una semana cualquiera, o al menos eso era lo que yo tenía previsto para ese día, arrastrado por la rutina cotidiana, esa que seguimos automáticamente, hasta que una pequeña variable rompió el ciclo.

Ya llegaba a casa, tras una pequeña incursión en la biblioteca municipal, en la que siempre pierdo la noción del tiempo, huyendo de la persistente lluvia con mi botín literario, que me perseguía, habiéndome pillado desprevenido y desarmado, sin un paraguas a mano. En un rápido movimiento, ya me encontraba en el interior del portal, dejando cerrarse la puerta tras de mi. Ya en territorio seco, a través del cristal, le dediqué a la inoportuna lluvia uno de mis mas sentidas imprecaciones.

Ya estaba llegando, subiendo los escalones que reducían cada vez más la ya escasa distancia con el punto de destino deseado, mi casa, y con ello, un café y un cigarrillo. Una mirada al buzón, para comprobar que los repartidores de publicidad no descansaban un momento, estaba lleno de ofertas de empresas que compran oro, siniestras operadoras telefónicas, y demás gente de mal vivir.

Llamé al ascensor, que estaba en el último piso, como de costumbre. La impaciencia me invadía, quería desvirgar aquellos libros cuanto antes. Después de lo que me parecía demasiado tiempo, llegó, introduciéndome en el, y pulsando el botón correspondiente. Ya nada podía frenarme, pero... Al ascensor sí.

Me quedé entre el tercer y cuarto piso, y la alarma del ascensor hacía semanas que no se oía, menos mal que no soy claustrofóbico, ni nada por el estilo. Así estuve por el espacio de una hora, hasta que un vecino, al intentar llamarlo, vio que el ascensor no iba, un aviso al presidente de la comunidad, le dió a la llave del ascensor, y solucionado.

Y yo mientras tanto, ajeno a todo ello, y como ya no tenía prisa ninguna, ni ganas de desgañitarme gritando ni golpeando las puertas, me puse a leer allí mismo, tranquilamente. Había luz, estaba en silencio, tranquilo, me había quedado allí yo solo, y no con ningún vecino peñazo, de modo que... que otra cosa iba a hacer, chillar como un desesperado? Ya sabía que antes o después  iba a poder salir, así que, mientras tanto, a disfrutar de la lectura. Lo único malo es que todo el rato tuve que estar de pie. En la próxima reunión de la comunidad de vecinos, propondré que se instale algún asiento en el ascensor.