jueves, 17 de julio de 2014

Bloqueo!






El profesor estaba preocupado. Aunque en realidad no era profesor de pleno derecho, pero que si que había dado alguna que otra clase muy eficazmente, pero no era profesor como oficio principal. Le llamaban así  como una especie de apelativo cariñoso, quizá por su aspecto de profesor vocacional de los años setenta del pasado siglo, consistente en pelo muy corto, gafas de pasta, y negra barba salvaje que crecía a su aire. Eso es lo que el quiere pensar, esperando que el apelativo no sea por el profesor Bacterio de los comics, aunque tampoco dejaría de ser algo entrañable para el.

Constantino, que así era el verdadero nombre del profesor ocasional, y redactor habitual, estaba un poco preocupado, no es una imperiosa y desbocada preocupación ante una inminente tragedia, ten sólo un pequeño contratiempo  que retrasa un poco más su labor y sus planes profesionales. El motivo de dicha preocupación es una página en blanco que se ha cruzado en su camino, encabritada, y que se niega a portar palabras en su interior. Una blanca página que a Constantino se le ha atragantado por vez primera en su vida.

Un suceso nada habitual sobre el que se ha volcado dándole vueltas, y que la noche pasada le impidió dormir con la debida normalidad. Así se lo manifestó a Marisol, su mujer, la que trató de calmarlo quitándole importancia y atribuyendolo a un instantáneo y fugaz bache que no podía durar en su caso. Ella le dijo con toda su dulzura que a la mañana siguiente todo habría pasado y recuperaría su creativa normalidad.

Una vez instalado el día siguiente, y ya entrado en la tarde, el bache no desaparecía, y Constantino no conseguía vencer aquel costoso combate contra la página en blanco. Sentado frente a ella, concentrándose con todas sus fuerzas y su deseo de batir aquel inanimado enemigo, no conseguía convocar las palabras con las que llenar la maldita página en blanco, que ya parecía tener vida y burlarse de el.

Aquello no era normal. Nada. Ni rastro de palabras, conceptos, ni ideas, que marcaran a aquel blanco monstruo. Nada de la creativa normalidad de toda su vida hasta hace apenas unos días. En el pasado, un pasado reciente, había conseguido crear de la nada manuales didácticos, textos para discursos, páginas web completas, y todo aquello que se le cruzara en medio, nada se le había resistido, hasta el punto de haber recibido varios premios, y autoeditado su propia novela, que no se vendía nada mal. Ahora, debía crear un breve texto para un anuncio, algo corto y conciso, que anteriormente le habría salido sólo sin necesidad de esforzarse y con los ojos cerrados, pero no le salía absolutamente nada. Ni gota, por mucho que se exprimiese el cerebro. En ese momento, parecía ser el creador de contenidos que no contenía nada más ya.

Enfadado consigo mismo, y con los ojos rojos, se dejó caer en el sofá con la silenciosa esperanza de dormirse un rato y despertar curado de aquella fiebre blanca que le aquejaba.

Cuando volvió a abrir los ojos, era ya de noche. A través de la ventana se colaba la luz del neón del bingo que tenía frente a su casa, y de la única farola que habían encendido por motivos de austeridad, cosas de la cacareada y artificiosa crisis mundial. Se sintió despejado y junto a su mujer despachó una cena ligera y rápida, para acto seguido volver al contraataque de la obstinada hoja en blanco y rellenarla de una jodida vez.

La obstinación de la hoja parecía haber aumentado. Constantino optó por hojear alguno de sus viejos escritos en busca de inspiración. Un repaso que le supuso una sorpresa aún mayor que la hasta ahora vivida, la del hecho  de no atinar a redactar un texto de una sola sentada como siempre había hecho. Al consultar sus anteriores textos, percibió con cierta sensación de vergüenza y un poco de impaciencia, que aún siendo perfectamente capaz de leerlos, no alcanzaba a entender lo que querían expresar, no captaba el concepto de cada texto que siempre había cazado al vuelo. Aquello era algo muy extraño y lo volvió a intentar con el manuscrito de su novela, a ver si con un poco de literatura de ficción de le disipaba la neblina mental que pensaba que tenía. Los resultados fueron los mismos. Probando con otros textos en forma de relato y anteriores anuncios la estrategia de Constantino continuaba sin funcionar.

Alarmado ya, se lo dijo a Marisol. Le contó lo que le estaba pasando, que no era capaz de entender los sutiles mensajes que el mismo había escrito en momentos anteriores. Temía estar atontándose, que su mente se estuviese degradando de algún modo.

Ella le dijo que tratara de no ponerse nervioso en lo posible, que podría deberse a la carga de trabajo autoimpuesta, excesiva para la mayoría de la gente, pero aquello no tranquilizaba a Constantino, al menos no del todo. Porque no sólo no entendía lo que el mismo había escrito, lo que habían escrito otros tampoco, como así pudo corroborar tras una consulta a la pequeña biblioteca de filosofía que había atesorado en su casa. Aquellas consultas para lo único que servían era para ir enervandose más. Sólo conseguí comprender los conceptos más básicos extraídos de la prensa diaria. Parecía haber perdido su toque, aquel toque casi mágico que había despertado la admiración y en ocasiones la envidia ajena. Ahora se encontraba sin ideas, con un nivel más bajo que antes, y en un estado entre aterrado y furioso al mismo tiempo.

Dos días después, seguía en el mismo lamentable estado, con lo que llamó a su empresa, una agencia de comunicación online, para solicitar unos días de baja, aduciendo problemas médicos que le impedían trabajar con normalidad, lo que era verdad, aunque no hubiera mencionado los problemas cognitivos que le afectaban. La empresa, dado su excelente historial profesional, dio el visto bueno sin poner impedimentos y deseando su pronto restablecimiento.

Los días de baja, Constantino los aprovechó para cambiar de aires y dejar atrás los polucionados aires urbanos. Se trasladó con Marisol a una pequeña casita propiedad de su familia que tenía en un pueblo no muy lejos de allí, pero lo suficiente para acallar los atosigantes ritmos de la vida en la ciudad. En aquel pequeño pueblo no había ningún material impreso que pudiera recordarle su mala racha. Material impreso al que prefería no acercarse en un tiempo. Necesitaba tomarse un periodo fuera de su entorno, de su mundo habitual, en busca de sus habilidades perdidas, quizá enterradas en algún lugar bajo la hierba que mascaban plácidamente las vacas de los ganaderos de la zona, habilidades quizá escondidas tras uno de los numerosos árboles frutales de aquel hermoso paraje.

2 comentarios:

  1. Pobre Constantino con su fiebre blanca, su neblina mental, pero hasta de la aparente falta de ideas surgen éstas, es lo bueno del cerebro, es insondable como lo es el infinito

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  2. Me ha gustado, creo que todos necesitamos a veces dejar todo atrás y refugiarnos en un sitio tranquilo para poder descubrirnos de nuevo.
    Un saludo.

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