jueves, 5 de octubre de 2017

La alargada sombra del pequeño dictador. Residuos franquistas en la España de hoy.




Después de 38 años de gobernar con puño de hierro impregnado de sangre tras tomar el poder por la fuerza, en noviembre del 75 Franco murió, habiéndose llevado por delante a cientos de miles de personas. Murió el perro, pero no la rabia, porque cuarenta años después cohabitamos con arraigadas formas de comportamiento franquista en muchos aspectos de la vida. Desde algunas instituciones, que tienen tics reconocibles y extrapolables, hasta el arraigado nacionalismo español más exacerbado , que no admite crítica, ante la cual se histeriza.

Está claro que algo no anda bien en esta sociedad, y es un problema que llevamos arrastrando durante una buena parte de nuestra historia. Las señales son omnipresentes, empezando por la reciente y maligna maniobra de Rajoy en la cuestión de Cataluña, provocando un conflicto que pone en riesgo la integridad de una parte de sus ciudadanos. Porque se trata de eso, el la metodología y el pensamiento franquista induce la intención es humillar, vencer por la fuerza, y si lo considera necesario aniquilar al enemigo real o imaginario como es el caso. Sería muy sencillo sancionar a la Generalitat posteriormente al herético referéndum evitando enfrentamientos y quebrantos entre la población civil, pero Rajoy no hace así las cosas. Ha preferido hacer alarde de poder, un poder de fuerza bruta para insuflar miedo a quien se le oponga, lanzando a la maquinaria policial-militar a callar bocas discordantes a golpes, al estilo de la guerra de Marruecos de hace ya unos cuantos años. Refugiarse en la legalidad no tiene valor, legal puede llegar a ser cualquier atrocidad, véase las leyes de hace cincuenta años, y lo fácil que sería dar con los huesos en la cárcel aderezado de palizas, o al pie del paredón esperando ser fusilado, o condenado a garrote vil.,

Desde la Zarzuela, el atronador mensaje que se pudo ver del rey, es el de una monarquía ruda, cruda, sin la máscara de suavidad con la que hasta ahora se vestía. Se ha revelado como una monarquía obediente o afín al gobierno, casi exclusivamente para monárquicos recalcitrantes o súdbitos vocacionales y poco más, desde luego no es un mensaje y actitud para todos los españoles.

Fuera de las instituciones, en las calles, y una vez más, los rescoldos del franquismo popular, un espíritu reaccionario y cerril, secuestran para sí mismos la bandera y los símbolos para tratar de imponer su idea de lo que es España, condenando a todo aquel que no aplauda y comparta tan limitada concepción del mundo y de la vida. Una concepción amplificada por los medios afines a ese espíritu, que ante cualquier crítica internacional, retuerce la realidad para presentar los hechos y los excesos como algo generado por la envidia que tienen a España todos los países del mundo, al igual que en otros oscuros tiempos.

Esos residuos de otros tiempos siempre buscan la confrontación utilizando a todo el mundo para ello, dividiendonos entre vencedores y vencidos, como si todo en la vida fuera parte de la estúpida guerra que solo existe en su demencia. Apelan a lo peor de la humanidad y tratan de avivarlo continuamente, esparciendo el odio y empañando el entendimiento, como aquellos que jaleaban a la guardia civil contra otras gentes, sabiendo lo que iba a acabar pasando. Una parte de la población civil, que vive odiando todo lo que en su singularidad se sale de la uniformidad en la que se recrean. Vascos, catalanes, asturianos, gallegos, etc, todo aquello y todos aquellos con un entidad, lenguaje, o peculiaridad significativa son susceptibles de caer como objeto de sus abrasadores odios.

En lo que está sucediendo en la actualidad, y mucho antes de ello, se ven similitudes con comportamientos del antiguo régimen. Otra vez ruido de sables, como aquellos generales africanistas que no quisieron adaptarse a una sociedad que avanzaba y amenazaba con dejarlos atrás, aquellos generales (Sobre todo uno en particular), que hicieron retroceder todo el país con sangre en las manos, la sangre de los que debían proteger. Se nota un ambiente demasiado tenso, en el que deberemos dejar de participar en juegos de poder que nos son ajenos, para hacer lo posible, aunque sea por vez primera en España, en evitar un más grave enfrentamiento y solucionar los problemas como seres racionales, pues son muchas voces las que invitan al desastre, pero también muchas las que invitan a un diálogo productivo y no deben ser desoídas.

Palabras como feminazi, vascongadas, perroflauta y otros epítetos son una pista de hasta que punto han prendido en las mentes los tóxicos residuos franquistas. En el ambiente social actual, mucha gente no se da cuenta de su propio comportamiento, con la intolerancia y la cerrazón camuflados tras la bandera de España que han secuestrado, uno de los símbolos que hay que rescatar, al igual que la constitución, que además de ser ignorada a discreción por los que tanto la invocan, a la que hay que dar un repaso y hacerle cambios, para quitarle ese rancio aroma que ya empieza a desprender. Necesitamos  renovar el concepto de estado y sanearlo del inmovilismo en el que se encuentra.

Cada vez es más evidente, para quien quiera verlo, que tenemos una asignatura pendiente, y apremiante con la democracia, hay que limpiar los restos del franquismo de nosotros mismos que aún quedad tras tantos años después de aquella magnificada y modélica transición, que en realidad no fue otra cosa que un chanchullo más, un escamoteo en el que no se reparó ningún mal, tan sólo fue una cortina de humo en la que los de siempre siguieron aferrados al poder, y el franquismo sólo se transformó, sin Franco pero con su estilo, y campando a sus anchas a través de los años, cuyas consecuencias vemos, veremos, e incluso experimentaremos si no tenemos cuidado,  si no hacemos  por avanzar.

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