sábado, 29 de julio de 2017

Elegía por un padre




Aunque sepa que la muerte es inevitable, que no hay forma de evitarla y que nadie se libra, la sola idea angustia. No me gusta, ni verla a través de personas célebres, me caigan bien o mal, que van sucumbiendo, desde Manuel Fraga a Prince. Quizá es que me recuerde que mi propia extinción se puede producir en algún momento cercano, quizá es que me duele aún el haber perdido a varias personas, cuya ausencia aún no he logrado digerir a día de hoy, y recuerdo con toda nitidez, por haber sido parte integrante y relevante de mi propia vida. La idea de dejar de existir tras haber vivido me produce cierta inquietud, por así decirlo. Después de toda una vida aprendiendo, conociendo y experimentando, de repente todo se termina sin más como si alguien apretara un botón para apagar la luz. Todas las experiencias y sensaciones vividas se esfumarán como si nunca hubieran existido o regresarán a la misma tierra en la que vivimos? Decididamente quisiera no saberlo en mucho tiempo, aunque la sensación de pérdida por otros tampoco es una nimiedad. Me inquieta, y hasta asusta, desde luego, por inevitable y habitual que sea.

Hay días que son los días en que lo pasamos mal, cuando la presión de la vida y la muerte amenaza con aplastarnos, cuando pensamos que no podremos sobrevivir a las tristes oleadas que nos invaden, y un momento después, un repentino y cariñoso recuerdo nos conforta.

Hay momentos en la vida en los que aunque nunca dejaste de recordar, los recuerdos te vienen con más fuerza, casi golpeándote en la cara. Recuerdos que se te pasean por el cuerpo como algo sólido.

Hace dos años que se fue, y aún no ha remitido todo el pesar por su ausencia, tan sólo se ha solapado, pero continúa ahí con la misma intensidad que cuando dolorosamente lo vimos partir hacia lo desconocido. El fue, desde luego, parte de la historia de esta ciudad, todos los lugares, los ambientes, las personas y la atmósfera del Avilés de la segunda mitad del siglo XX.

Isidro fue, y en cierto modo continúa siendo, el pilar fundamental de su propia familia y otros entornos cercanos. Ampliamente conocido y querido, seguimos y seguiremos lamentando su marcha mientras nos quede memoria, mientras nos quede vida. Un cariñoso recuerdo de todos aquellos cuyas vidas fueron tocadas por el.

Durante toda su vida, Isidro se ganó el lugar del cielo en el que ahora habita, con su sencilla y afable sonrisa y forma de ser.

En Avilés o fuera de él, siempre lo tengo en la mente, lo manifieste o no. Echo la vista atrás, y en la inmensa mayoría de las escenas de mi vida, el es una de las grandes constantes de la misma. Desde que se fue, hay ocasiones en las que me siento a la deriva, hasta que pienso que aún hoy, él es mi brújula, que me ayuda a marcar el rumbo desde mis ayeres hasta éste mismo instante, para tratar de navegar por esta imprevisible vida hasta el desconocido futuro. Trato de hacerlo de similar forma que el hizo en su vida, directa y sencilla, sin estridencias, y sin perjudicar a nadie en el proceso. Sólo espero poder conducirme de esa forma que el enseñó sin tratar de enseñar, tan sólo viviendo como sabía. Ese es para mi su legado, válido y aplicable tanto para mi como para muchos otros.

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