jueves, 9 de julio de 2015

Cosas no aprendidas





Sandra se levanta de la cama, son las doce ya. En realidad, ese día no quiere hacerlo, pero se obliga a sí misma, como una especie de entrenamiento para el trabajo que comenzará a la semana siguiente. Ya era hora, piensa, tanto tiempo sin nada que hacer le cansa, le cansa la misma vida bajo esas condiciones. Trabajar, ocuparse en algo durante buena parte del día, le ayudará a pensar menos en su caótica vida personal. En como hay cosas con las que no naces, y nunca acabas de aprender, por mucha inteligencia que tengas

 Mirándose al espejo de la habitación, se observa a sí misma, con el rojo pelo revuelto, y los ojos semicerrados. Es la peculiar cara matutina, la que no quiso que él viera nunca más. Podía haberlo dejado pasar, y no expulsarlo de su vida, pero no podía permitirse el riesgo de que acabara arrastrándola a una vida que no deseaba en absoluto.

La había hecho enfurecerse con demasiada frecuencia, ya no tenía edad para juegos sin sentido. Puede que se precipitara, pero le había avisado desde el principio, de que tuviera cuidado con lo que hacía, de modo que él fue quien cavó su propia tumba al intentar organizarle la vida sin consultarle. Ella era una superviviente, y no podía dejarse arrastrar por el primero que la abordara, eso no entraba en sus planes, de ninguna manera. Estaba hasta el coño de aguantar gilipolleces de unos y otros.

Quizá es que ella no hubiese sabido cultivar su yo más dulce, pero él debía aprender a decir las cosas y no decidir por los dos, no le permitiría llevarla atada como si fuese un perrito, los machos ibéricos le tocaban los ovarios, las discusiones a gritos habían sido abundantes e intensas, lo que parecía que ponía las cartas sobre la mesa, pero tanto una como el otro, ya tenían una edad en la que era bastante difícil que aprendieran nuevos comportamientos. Ya le había puesto en su sitio, echado de casa definitivamente, tirado sus cosas por la ventana, y lo había enviado a la mierda, las últimas palabras que Sandra le dijo fueron:  "No quiero ver tu cara de gilipollas ni un minuto mas".

Ya estaba pensando en él otra vez, cuando se había propuesto no concederle la menor importancia nunca más, era sólo ya un acontecimiento menor, una persona circunstancial, una relación anecdótica, y nada más, una presencia que ya se había evaporado, y no la importunaría más. Se encendió un cigarro, y se sentó en la cama, mientras miraba a través del cristal de su ventana, contemplando la lluvia caer, cualquier cosa valía para desviar el tema de sí misma. Mezcló su pensamiento con el humo de su cigarro y las gotas que caían tras el cristal, mientras notaba el aire frío colarse por las rendijas de la ventana.

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