viernes, 26 de junio de 2015

Preludio de resaca






Noche dura para Celia, noche que temía hacérsele larga, abrazada a la loza del retrete, se arrepentía de las últimas copas, y también de las de en medio, no era ya ninguna adolescente para tragar alcohol tan a lo loco. La cosa se le había ido de las manos sin darse cuenta, y ahí estaba el maremoto etílico haciendo estragos en su organismo.

Se asomó dentro de la taza y descargó su estómago por completo, pensando en tirarse ella detrás y tirar de la cadena de lo mal que se sentía. Sin poder hablar aún por la tremenda cogorza, sus enrojecidos ojos prometían no beber más, o al menos no emborracharse tan a lo bruto. La resaca iba a ser de las buenas, especialmente a sus más de cuarenta. Iba a ser una de esas que podría confundirse con un coma.

Lo bueno es que no había manchado apenas el baño y que por la mañana tendría una cosa menos para limpiar, pues tendría el cuerpo fuera de servicio. Lo más rápido y menos torpe que pudo, se levantó del suelo del baño y tiro de la cadena, lavarse la máscara que llevaba por cara en ese momento, y arrastrarse hasta la cama para sufrir en silencio todo el domingo, y si había suerte dormir un poco, a ver si su estómago dejaba de centrifugar y su cabeza paraba de amenazar con una explosión atómica en miniatura. Un poco de suerte, si, y la agonía que asomaba no sería demasiado cruel con su delgado cuerpo para ir recuperando el habla a un nivel superior al de los gruñidos prehistóricos.

Para el lunes por la mañana, a la hora de ir a trabajar, ya sería tres cuartos de persona. Ahora, la cama la reclamaba, y ella no iba a ignorar su llamada.

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