lunes, 22 de junio de 2015

Bad milk days





Principios de julio y no cesaba de llover. A Sergio eso le jodía una barbaridad. A Sergio le jodía casi todo, estaba pasando una mala racha que ya había perdido la cuenta del tiempo que duraba, racha que le pasaba factura. Con sólo cuarenta años, pelo completamente cano y surcos en el rostro, por las abundantes raciones de disgustos, cabreos, y estrés que se tragaba sin descanso. Otro trabajo temporal terminado y muchos meses de paro por delante. Intentaría volver a trabajar en hostelería y olvidarse del diseño gráfico, no le quedaba más remedio, de otra forma no podría sobrevivir allí en su ciudad ni pagar alquiler luz y comida. Ya comía poco, por obligación. Había dejado de fumar también por obligación, pero no había engordado como se decía de los que dejaban de fumar. Como engordar con un presupuesto tan ridículo? La elección era fácil, fumar o comer, y no le apetecía morirse todavía.

Estaba consultando ofertas de empleo, las pocas que había, sentado a la mesa de un viejo bar frente al ayuntamiento al que miraba con mal humor de vez en cuando. Una construcción de piedra con varios siglos de antiguedad que representaba el poder municipal, el edificio desde donde conspiraban para atosigarles a todos, según Sergio. Ahora había concejales de nuevos partidos, lo que era una mejora, pero el cambio que pretendían llevar a cabo no podría hacerse rápido, sería insoportablemente lento, Y Sergio no podría permitirse el esperar, tenía prisa, al igual que muchos en la ciudad, que muchos en todas las ciudades.

No se había casado por culpa de la crisis y la crisis se le acrecentó en su vida, quedándose compuesto, sin novia, sólo y empobrecido, consumiéndose en la precariedad y la gran nada de los contratos basura y de los días grises y clónicos.

Sergio miraba la omnipresente lluvia, que siempre estaba allí, en verano e invierno, día y noche. Una lluvia que contribuía a desgastarle la paciencia, que era una energía no renovable y una vez consumida ya no se regeneraba.

Las cosas estaban mal, y eran susceptibles de empeorar antes incluso de empezar a mejorar, no se sabía cuando. Sergio acabó el café ya frío de un trago y pensó en que debía haberse largado de allí mientras aún podía. Valencia, Dublín, Buenos Aires, o Japón, daba igual. Si las cosas se le torcían más acabaría por dormir en un cajero y pidiendo unas monedas en la calle para poder tirar un día más. Alguna vez, ya había tenido que mangar comida de un supermercado y que encima le había sentado mal. Esas cosas eran algo que no deseaba de ninguna manera  pero las veía amenazando sobre el. Si tenía que acabar siendo un sin techo, no quería que fuera allí en su ciudad natal. Iba a tener que hacer algo rápido y drástico para salir de aquel maldito bucle, y a ser posible no perder la vida en el proceso, harto de vivir de simples migajas, casi del aire.

Lunes por la mañana, o eso le parecía, porque su vida era una continua sucesión de lunes en los que corría desesperado tras un trabajo y una vida a las que nunca daba alcance. Su primer pensamiento de cada mañana era el de porque despertarse, porque no dormir para siempre, lo mejor que podía pasarle a alguien como el, pobre, solitario, y sin futuro, condenado a una existencia cada vez mas pequeña y con una continua sensación de agobio. Lo mejor para los pobres, no despertar una mañana, un rápido y limpio final sin mas sufrimiento.

Se sentó en la cocina tras decidirse a levantarse de la cama, que dejó sin hacer. Sorbiendo café sin afeitar y con los cuarenta años pesándole como si fueran 180, pensando en su no vida, y en como seguir aguantando. Rebeca, su ex pareja, apareció por su mente. Ella se había establecido como autónoma cuando terminaron amistosamente su relación. Fue autónoma hasta que no pudo ser más, ni soportar más. Se había tragado el cuento de que emprender era la panacea universal contra el desempleo, y que con eso podría salvarse y además ganarse el sustento. La pequeña peluquería que abrió acabó con ella. Sin apenas clientela, acabó desahuciada de su casa y con la cuenta embargada, fuera del local y sin nada, al borde del abismo. Rebeca siempre había sido muy sensible y aquello, junto a su separación tras diez años y la pérdida de su madre, la rompieron por completo. Unas semanas atrás, Rebeca, cansada de llorar y de no dormir, de malvivir y del mundo, se arrojó a la ría, quiso poner punto final a su martirio. Pensar en eso le hería y enfurecía a la vez. El mundo había matado su relación y casi todo lo demás también. Ella se había visto obligada a hacer aquello, no le habían dado tregua. Un mundo de mierda. Sergio había pensado en ello alguna vez, en terminar, porque todo le pesaba como una inmensa losa, pero simplemente no podía hacerlo. El, como Rebeca, había puesto todo su esfuerzo en ganarse la vida, no podía ser que el único final fuera aquel. No lo aceptaba, aún sin saber cual otro podría ser.

Se vistió al fin y pasó de afeitarse por falta de ganas y de cuchillas, intentando pensar lo menos posible en Rebeca. Salió de casa para ir una vez más a emprender una batalla que no podía ganar, en busca del inexistente empleo en la oficina regional. Necesitaba al menos plantar batalla a los mierdosos días en los que estaba enfangado en los últimos tiempos.
Como de costumbre, lo despacharon rápido sin ningún resultado positivo para Sergio, ni para nadie. Salió a la calle de mal humor a que le diera el aire, mientras la lluvia, tras una pausa demasiado breve, volvía a entrar en escena.

De camino a algún lugar, la lluvia parecía evaporarse al entrar en contacto con Sergio, que andaba cerca de la ebullición. Mientras pensaba en cosas como atracar bancos, esos bancos que jodían la vida de la gente echándoles de sus casas. También pensó en dar media vuelta y volver al puto inem, a gritarles lo inútiles de mierda que eran, que dejaban que las Etts y su chapucero servicio se les subieran a la chepa. Si fuera como en los estados unidos, que podía hacerte con un arma de forma fácil, algunos cabrones que abusan de la gente se le pensarían mejor...

Volvió directo a casa, sin ganas de encontrarse con nadie, mojado, enfadado y hecho una pena por dentro como era habitual. Cada día se sentía más atrapado. Atrapado e ignorado, el problema de todos los putos días, el problema de tanta y tanta gente, problema que no querían solucionar aquellos que estaban en posición de poder hacerlo. Atrapados e ignorados, esa era la situación y la clave de algo, se le ocurrió de repente. Hacer que esos otros que si pueden pero que no les apetece por comodidad se sintieran atrapados, para que la gente como Sergio dejasen de ser ignorados y se tomaran en cuenta. Se le ocurrió algo que poder hacer a partir de esa idea. Una visita al baño a expulsar líquidos sobrantes, y volvió a salir de casa tras pasar un momento por la cocina.


Al día siguiente, la portada del periódico local era encabezada en primera plano por la siguiente noticia:

"LA ALCALDESA, REHEN EN EL AYUNTAMIENTO"

"Sergio Blázquez, parado de larga duración, y armado con un cuchillo de cocina, se hace fuerte en el despacho de la alcaldesa, reteniéndola contra su voluntad. Sus peticiones son las de empleos estables que permitan vivir dignamente para él y todos los colectivos en exclusión social de la ciudad. La policía fracasa en sus intentos de hacerle desistir, por lo que se descarta una solución negociada a tan tensa situación , en vista del estado de nerviosismo del asaltante."

2 comentarios:

  1. Voy a publicar tu relato en mi blog https://relatosbrutales.wordpress.com/ si te parece bien. En tu ficha de autor habrá un enlace a tu blog. Gracias y enhorabuena por los relatos.

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