martes, 17 de septiembre de 2013

La puerta-8







Frank no sabía que era lo que debía pensar sobre todo aquello, que, sin saberlo hasta hacía poco, le concernía directamente. Lo que le contó Bronson, le dejaba a ratos estupefacto, y a ratos le producía incredulidad, era una historia un tanto truculenta.

Bronson le dijo muchas cosas de las que había hecho en el pasado, dándole nombres que le resultaban completamente ajenos, pero que disparaban su imaginación. Uno de aquellos nombres, era el de un siniestro personaje que comandaba varios experimentos que iban más allá de MK ultra. El sujeto en cuestión era un tal Alexei Volkov, un soviético exiliado por Kruschev. Bronson no sabía exactamente que era lo que esa persona hacía allí, puesto que su autorización de seguridad era de un nivel más bajo que la de Volkov, pero los rumores eran escalofriantes.

A todas estas cuestiones, Frank les daba vueltas, un a y otra vez, sin saber que hacer, ante ese panorama tan sombrío que se le había presentado. No sabía si debía creérselo por completo, se le cruzó la idea de hacerse con un arma, para tener ocasión de defenderse de quien quisiera agredirle, pero enseguida desechó la idea. Era un terapeuta, no un policía ni un soldado.

Tras toda una noche en blanco, dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, llamó a Bronson. Tenía la impresión de que había cosas que se callaba, cosas que podrían ser importantes. Dejó sonar el teléfono unas diez veces, pero nadie lo cogió. Colgó, y volvió a descolgar, marcando el número del piso de Amanda. Este asunto la afectaba a ella también, de modo que fuese algo real o no, tenía que hacérselo saber. No contestaba. No podía esperar más, se vistió, y se dirigió al lugar de trabajo de Amanda.

Fue andando hasta la cafetería en donde ella trabajaba, para decírselo personalmente. Cuando llegó, se encontró  la cafetería llena a rebosar, lo que para ser un martes cualquiera, era algo inusual, y más para esas tempranas horas de la mañana.

Le costó encontrar un asiento libre en el local. En una de las mesas era algo impensable, a juzgar por el gentío allí reunido. Encontró un hueco libre en la barra, y se acomodó allí, a la espera de ser visto. Desde allí vió que había tres personas trabajando a pleno rendimiento. Un hombre joven en la cocina, una chica morena atendiendo mesas, y Amanda, en barra.

Al cabo de unos minutos, cuando terminó de atender los pedidos,  Amanda vio allí a Frank, y se acercó a saludarle.

-Frank!

-Hola Amanda, veo que tienes mucho trabajo.

-Si, me acaban de hacer encargada. Ahora me será mas fácil poder elegir turnos.

-Me alegro de ello, yo...

-Quieres un café? Invita la casa.

-Gracias. Yo venía para hablar contigo, aunque veo que éste no es el mejor momento, no quisiera molestar.

-No te preocupes, todo el mundo está atendido. Ya estamos acostumbrados a tanta gente. Últimamente se llena el local.

-Si, antes venía por aquí y no había tanta gente. Puede tener algo que ver contigo y tus habilidades?

-Pues... Un poco, si, aunque me averguence admitirlo. Pero no le hace daño a nadie...

-Me gustaría poder hablar contigo lo antes posible y en privado. Sé que ahora no puedes, pero... Podrías venir a mi consulta en cuanto acabes el trabajo?

-Si, allí estaré... Es por algo relacionado con la terapia?

-Si y no, es algo importante, incluso vital. También he de decirte que si puedes evitar el uso de tus habilidades, lo hagas, o mantenlas al mínimo.

-Si, lo haré... Sucede algo?

-No lo se bien, aún, pero podría suceder. En mi consulta te daré más detalles.

Se tomó el café de un trago, y se marchó. Amanda se quedó con una extraña sensación. Algo sucedía, pero no sabía que era. Quizá hubiera debido meterse en la mente de Frank para saber algo más, pero sería una violación hacia alguien a quien respetaba que jamás se permitiría. Continuó con su trabajo, pero un poco menos animada y a un ritmo menor que hasta el momento.

Frank se fue directamente a casa, tan sólo había salido para hablar con Amanda, cosa que dadas las circunstancia, tendría que esperar unas pocas horas más. No quería hablarle de esas cosas en público, no era un asunto del que deseara que escuchara todo el mundo. 

Cerró la puerta tras él, y de dejó caer en el sofá. En ese momento, se acordó de Bronson, y se levantó hacia el teléfono. Marcó su número y esperó a que alguien contestara, pero tuvo el mismo éxito que en el anterior intento. Ya iba a colgar, cuando oyó algo en el teléfono, como un chasquido electrónico de cadencia regular. Una repentina y preocupante idea recorrió su mente. Se le ocurrió la posibilidad de que le estuvieran escuchando en sus conversaciones telefónicas. No quería creerlo, pero  volvía a oír el chasquido, como la estática de un micrófono, que se producía cada veinte segundos más o menos.


Colgó rápidamente, y salió de su casa de nuevo, esta vez hacia la consulta de Bronson. Le daba igual que tuviera pacientes o no. Querría respuestas, que le dijera todo lo que se había guardado para sí. Quería que le dijera si era posible que le hubiesen intervenido el teléfono, y si lo estarían vigilando de otras formas. Sobre todo, quería que le dijera como podía hacer para que le dejaran en paz, y seguir con su vida, sin que se inmiscuyera en ella un oscuro grupo de espías y asesinos.



Frank, deseaba, por otra parte, que todo lo que había contado Bronson no fuera verdad, que todo fuese un mal sueño. Pero él mismo había sigo testigo de cosas aún más increíbles, las cosas que Amanda era capaz de hacer.



Llegó hasta el portal de la consulta de Bronson, que como era habitual, estaba abierto, para no interrumpir su ritmo de trabajo con los pacientes que iban llegando. Entró y subió hasta la segunda planta. Al llegar a la puerta de su consulta, la encontró anormalmente abierta de par en par, lo que no era habitual, pues Bronson abría a cada visita desde un pulsador en su misma mesa. Miró la puerta y vio que estaba rota, como si la hubieran golpeado hasta hacerla ceder.



Se metió en la consulta en busca del doctor, y vio el piso revuelto, con papeles diseminados por todas partes, líquidos derramados, frascos rotos, cristales y sillas tiradas por el suelo, y todos los armarios y cajones abiertos y vacíos. Notó olor a humo y miró restos de papeles quemados en la papelera junto a la mesa de Bronson, mesa que tenía varias hendiduras, como si hubieran clavado algo en ella. Miró habitación por habitación, pero el doctor no estaba.



Sin rastro alguno de Bronson, y en medio de aquel caos que contemplaba, Frank sintió una repentina oleada de miedo, que le empujó a salir de allí de inmediato. No sabía a donde ir, pero tal y como parecían ir las cosas, no se atrevía a volver a su casa, al menos no por el momento. Recordó que se había citado allí con Amanda, lo que le sacó un poco de su estupor. Aún quedaba más de una hora para ello. Lo único que podía hacer, era volver a la cafetería para hablar allí con ella. Volver a su casa era algo arriesgado a juzgar por lo que había visto recientemente. No quería que le hiciesen desaparecer como había pasado con Bronson. En la cafetería, en ese lugar expuesto al público, no se atreverían a asaltarle, al menos de momento. No sabía bien el porque, pero pensaba que estando con Amanda, estaría a salvo.






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