martes, 2 de julio de 2013

El fantástico perro parlante-5. Sentados al sol







Javier abordaba un nuevo periodo de actividad laboral, concretamente, en el sector de la hostelería. Aunque sólo era cubrir un puesto durante poco más de una semana, en sustitución de uno de los empleados fijos de la casa. Era cosa fácil, servir y cobrar, no era como otras veces en un restaurante, que tenía que desdoblarse para ayudar en mil tareas, de cocina, comedor y barra. Esta vez sería coser y cantar, cosa fácil, tan sólo era una cervecería, pequeña y elitista, uno de esos locales de moda en la ciudad, de esos con gran despliegue de mobiliario de diseño, o dicho de otro modo, una tasca con pretensiones, con un vistoso envoltorio, pero con nada que ofrecer en realidad, uno de esos negocios que no llegan a cumplir su quinto aniversario.

Por el trabajo, debía dejar sólo a Rufo, al menos durante unas horas al día, cosa que al perro le fastidiaba sobremanera. Tampoco es que fuera por gusto, según Javier, porque ahora, al poder comunicarse más directamente con el, le sentía más cercano. Mientras estaba en plena faena, Javier pensó que ya podía aprender también a llamarle por teléfono, pero las pantallas táctiles de los móviles, no estaban diseñadas para las patitas de los perros. Una pena, seguramente podría lograrlo, con tiempo, ya había aprendido a beber con una pajita, así que...

A veces, Laura, se quedaba con Rufo, lo cual al perrillo le encantaba. La presencia de Laura le tranquilizaba, pero no siempre le era posible quedarse con él, se le acababan las vacaciones y pronto tendría que reincorporarse a su puesto de trabajo como gestora de formación.

Así que los últimos días, Rufo, tuvo que quedarse sólo, muy a su pesar. Aunque Javier le dejaba, la cama, el agua, y la comida, además de la radio, bajita, algo que le gustaba. Si debía quedarse solo un buen rato, que fuese lo más agradable posible para el, aunque el prefería estar acompañado.

El último día de trabajo, en turno de mañana, Javier, tuvo que quedarse una hora más, por necesidades del servicio, según le dijeron. Lo que en realidad sucedió, fue que uno de los camareros se peleó a puñetazos con uno de los del bar de al lado, porque le robaba espacio de la terraza. Total, que Javier tuvo que cubrir su puesto mientras la nariz dejaba  de sangrarle al defensor de la terraza.

Cuando llegó a casa, no vio a Rufo. No estaba en el salón, ni en la cocina, ni en el pasillo, como solía. Lo llamó sin respuesta. Miró en el baño, y ahí estaba tirado, y temblando.

-Javier, me he vuelto a caer...No podía levantarme.

Le ayudó a levantarse, y llegar hasta su cama, en donde le echó, mientras le tranquilizaba, acariciándolo.

-Tranquilo, estás mejor, no te habrás hecho daño?

-No, es que cuando me pasa esto me pongo nervioso, sólo eso.

-Es que estás entumecido, hace días que no sales de casa. Luego nos vamos a dar una vueltecita tu y yo, que hace buen día.

-Uff, ya no se si me apetece salir como antes, la edad no perdona.

-Bueno, vamos a probar, no te haré andar mucho, y nos sentará bien a los dos. Tomar el sol y el aire un poco no vendrá mal. Ya está aquí el verano, hay que aprovechar.

-Está bien, pero no mucho rato, que me canso pronto. No quiero estar por ahí horas y horas.

-Vale, tu tranquilo, no temas por eso.

Lo dejó que descansara un rato, que se recuperara del susto que se había llevado antes. Le cambió el agua, y le rellenó el platillo de comida. Además, para que se animara un poco, abrió un paquete de salchichas. Las compraba exclusivamente para el, ya que Javier no solía comerlas, no eran caras, y al perro le pirraban.

Rufo, al oír el característico sonido del envoltorio de las salchichas, se puso en pie enseguida, acercándose al lugar de donde provenía aquel sonido, que era música celestial para el.

-Oooh, salchichas, siiii!

-Espera un momento que te las pongo en...

-Salchichas, salchichas, quiero salchichas!

-Ya voy, para esto si que estas ágil, eh?-Rió Javier, viendo que su intención de animarle surtía efecto.

-Es lo que me ha recetado el médico, venga, dáme ya!

-Ya voy, hombre, que no tengo cuatro brazos, no soy el Doctor Octopus!

-Salchichas, vengavenga!

-Vale, ahí te van, perro salchichómano!

Se las echó en su platillo, partidas a trocitos pequeños,que Rufo devoraba con auténtica delicia, mientras Javier le miraba, le hacía gracia verlo comer las salchichas tan rápidamente, mientras que el pienso se lo comía despacito, bola a bola. Aunque no le extrañaba nada la preferencia de su perro, la de comer cualquier cosa antes que el pienso para perros, con esas bolitas tan secas, y que olían tan mal.

Mientras acababa de comer, fue a por el periódico, mientras pensaba en lo humano que le parecía su perro, más que algunas personas que había conocido. Para él, poseía lo mejor de los rasgos humanos, sin el peso de los defectos de las personas. Más humano, que muchos humanos.

Se encendió un cigarro mientras hojeaba el periódico local, en el que por costumbre, se fue directamente a la sección de cartas al director, para ver que era lo que a la gente realmente le preocupaba. Era, en su opinión, lo más potable del periódico, aunque a veces no se salvaba ni eso, un periódico, que era una inmensa retahíla de mendacidades en grandes letras de titulares. Lo hojeó rápidamente mientras Rufo echaba un trago de agua, para refrescarse de tanto alimento seco. Al verlo acabar, dejó el periódico encima de la mesa, y le dijo:

-Que, nos vamos a dar una vuelta?

-Bueno, pero sólo un poco.

Parecía más animado. Salieron y se metieron en el ascensor. El perro parecía caminar bien, parecía estar mucho mejor que en los días anteriores. El problema vino a la hora de bajar las escaleras del portal. No se atrevía, tenía miedo de que las patas le fallasen y hacerse daño al caer por las escaleras, como casi le había sucedido en una ocasión. Desde entonces, aquellos once escalones eran su bestia negra. Se paró en seco casi al borde, y se quedó quieto, sin perder de vista aquellas escaleras.

-Que te pasa, no bajas?

-Me da miedo caerme...

-Vaya...

Javier vio claro que sólo había una solución, y no era la de dar la vuelta hacia casa. Cogió en brazos al perro, y de esa forma bajó las escaleras, depositándolo suavemente en el suelo, justo ante la puerta del portal.

-Ves como no pasa nada?

-Si, así si que se puede. Así iría a todas partes.

-Que jeta que tienes- Rió Javier.

Fueron directamente al parquecillo que tenían frente a su casa. Al principio, Rufo parecía algo cohibido, hacía tiempo que no pisaba la calle. Todo le parecía nuevo otra vez. Al cabo de un rato, cuando Javier lo dejó suelto, para que andara a su aire, empezó a olisquearlo todo, fascinado por cada cosa que se encontraba. Olfateaba y triscaba por entre la hierba, curioseando todo, acercándose amistosamente a otros perrillos que conocía, y hacía tiempo que no veía. Parecía feliz, moviendo su rabito, y correteando por el parque. En ese momento, a Javier, no le parecía estar viendo un perro de 14 años, sino un cachorrillo, disfrutando de cuanto le rodeaba. Javier, entado en un banco de madera, le echaba una ojeada de vez en cuando, levantando la vista del libro que se había llevado, un pequeño libro de poesías, por el que se había decantado gracias a algún que otro blog, que le había hecho interesarse por aquel género. El, al igual que el perro, estaba disfrutando de aquel rato al aire libre, de la cálida caricia del sol en su piel.

Casi una hora después, Rufo se acercó al banco en donde Javier estaba, que le miró mientras se le acercaba.

-Que, Rufo, quieres irte a casa ya?

-Pues no, quedémonos un poco más por aquí, anda, Tengo que aprovechar por el tiempo que pasé sin salir. Además hace un día precioso, demasiado como para meterse en casa tan pronto.

-Si, a mi también me apetece quedarme un poco más. Se está muy bien aquí.

Era verdad. Los dos miraron hacia arriba, al cielo, que el sol hacía brillar. Un espectáculo de infinita belleza, que los dos querían seguir disfrutando.




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