sábado, 22 de junio de 2013

Electrizado-3. Reemprendiendo hábitos







Aquella tarde, Carlos entró a trabajar con la idea de que si disponía de un poco de tiempo, en el que no hubiera muchos clientes por atender, quizá, y sólo quizá, desempolvaría la guitarra que tenía guardada en el almacén. Esa misma mañana, se había despertado con la idea de venderla, aunque la idea se fue diluyendo poco a poco. La guitarra ya llevaba mucho trote, y no sacaría demasiado por ella, quizá como objeto de decoración quedase bien en casa.

Una llamada telefónica de uno de los miembros de los Red Roosters le hizo saber que tenían un guitarrista provisional, pero que le esperaban, entre otras cosas porque el nuevo guitarrista no tenía tan buena compenetracion con ellos, ni el lo personal, ni en lo musical. Antes o después iba a tener que decidirse sobre si seguir o dejarlo por completo. La situación era clara, tenía que ponerse a ello, volver a tomar el contacto con las cuerdas metálicas.

Mientras tanto, como de costumbre, estaba al pie del cañón en la barra. El bar no estaba lleno, ni entraban en grandes grupos, pero sí había un pequeño goteo de clientes, algunos de ellos habituales de la casa.

Entre esos habituales se encontraba Javier, un tipo un poco peculiar que vivía casi al lado. Y solía tomar café allí con cierta asiduidad. Tan sólo se sentaba a la barra, y por un rato, ese era su único universo. Como si aquel reducido espacio de su taburete, fuera el eje alrededor del cual girasen todas las cosas. A Carlos le hacía gracia el como Javier afilaba las conversaciones y sacaba punta a cada palabra que podía

-Bueno, que tal la vuelta al trabajo, ya puedes usar las manos?

-Si, ya no tengo problema, ni me duelen ni nada, puedo hacer todo lo que hacía antes igual de bien.

-Ah, bien, eso está muy bien, no puedes descuidar ninguna de tus múltiples actividades.

-Ey, Javier, que se por donde vas, pero para eso, no necesito tanto las manos.

-Lo tuyo debe ser... iba a decir poliamor, pero creo que tu caso va más allá, como adicción extrema. Hay alguna mujer que conozcas que no haya pasado por tus garras?

-Alguna hay...creo. Por cierto, ahora que sacas el tema, tu vas a la pequeña charla clandestina que Nuria ha convocado?

- Si, pero sólo como oyente, y si no dura demasiado, va a ser aquí, a la hora del cierre, no?

-No, poc antes de cerrar,  espero que se comporte, y se esté tranquilita.

-Si claro, eso es como esperar que mi perro sea capaz de hablar.-Replicó Javier entre risas.

-Bueno, tendré que ir a hacer algo, que estoy remoloneando más de la cuenta.

-Espera, un momento, antes de que se me olvide. No estaría mal, después de lo que te pasó, que volvieras a retomar la guitarra. Que no te cohiba el accidente que tuviste. Privarte de algo que te hace vibrar, como es la guitarra, sería tratar de mutilarte a ti mismo. No lo dejes, y es más, no seas tan técnico, y deja al instinto hacer lo suyo, quizá así pulverices los límites de tu propia técnica.

-Vale, tomo nota sobre ello. El deber me llama. Gracias, nos vemos.


Un rato después, cuando tuvo tiempo para pensar, paladeó las palabras que la habían dicho, y se dio cuenta de que no sólo debía retomar la guitarra, recuperar lo que era su mayor afición, y aún más que eso, lo que era parte de su vida ya. Ni tan siquiera pensaba esperar a la hora del cierre, iba a hacerlo ahora, ya que el grueso de la clientela ya se había ido, y sólo quedaban los irreductibles, la gente de siempre a la que ya conocía, de modo que hacerlo ahora no sería un problema, todo lo contrario.

Se fue directo al almacén, en donde sabía que estaba el preciado objeto. Allí estaba, dentro de su funda, en un rincón privilegiado. Le pasó un paño por la funda, para quitarle los días de polvo que se le habían ido acumulando en ese tiempo, en el que la guitarra permaneció allí, inerte, silenciosa. Abrió los cierres metálicos, levantó la tapa, y allí estaba, melancólica, esperando ser rescatada de la inactividad.

Brillaba por efecto de las luces del almacén, pero para Carlos el brillo tenía su significado. La guitarra pareció darle la bienvenida, como una vieja amiga a la que hace tiempo que no ves, y que siempre echas de menos, alegrándote el corazón cuando tienes la fortuna de volver a verla. Los destellos que emitía, parecían decirle que le había echado de menos, que añoraba el contacto de sus manos pulsando sus cuerdas, y recorriendo todo su cuerpo.

La sacó y la sujetó unos instantes a la altura de sus ojos, para ver si había sufrido algún tipo de daño, durante, o tras el incidente. Se la colgó al hombro, y se asomó a la puerta del almacén por si alguien le llamaba. No había problema, todo el mundo estaba atendido, y en caso contrario, ahí estaba Sara para ello, que estaba charlando con Carmen, la cocinera, que ya había terminado su jornada, pero que siempre se demoraba charlando y charlando.

Era hora de enfrentarse a sus dudas, y responder a sus propias preguntas. Enchufó la guitarra al amplificador, tomó aire,lo expulsó, y comenzó su improvisación.

Todo parecía estar bien, no había perdido destreza con el tiempo que había estado con las manos incapacitadas, iba como siempre, es decir, muy rutinario, según algunos. Siguió así varios minutos, pensando en como hacía lo que hacía, todo demasiado racional, demasiado consciente. Paró e iba a dejarlo, pero algunos clientes le pidieron que siguiera. Se quedó unos instantes como perdido, y volvió a empezar, otra vez igual, lo mismo, freno, volvió a comenzar desde otro lado. Cerro los ojos intentando no pensar en ello, en lo que estaba haciendo, olvidando donde estaba, y que había gente mirándole. Dejó de intentar ejercer el control sobre lo que hacía, y se abandonó a la música. Y entonces, algo galvánico sucedió, comenzó a cambiar el tipo de sonido que hacía, que se volvía más pasional, casi con entidad propia. Se oía a través del altavoz de la guitarra, pero provenía de los más profundos recovecos de su interior. Igual que la otra vez, pero más intenso, y sin dolor. Parecía estar poseído por el espíritu de Elmore James, el de Stevie Ray Vaughan, y el de otros miles a la vez, se sentía grande. Abrió los ojos, y se miró las manos, no eran los movimientos que  hacía habitualmente, parecía otro el que tocaba, y se notaba en todo, principalmente en el sonido, menos pulido, pero apasionante. Veía los rayos azules en su cuerpo, y esperaba que no le pasase nada.

Siguió durante casi dos horas sin cansarse lo más mínimo, mientras el tocaba, Sara había ido recogiendo para ir adelantando trabajo. Los rayitos eran visibles para todo el mundo, pero creían que era parte del espectáculo. Cuando terminó, fue aplaudido con fervor.

Los clientes se habían ido, Sara se había ido. Sólo estaba Carlos en el bar, asimilando con un vaso de whisky lo que le había pasado. Tenía dos hipótesis: O era cosa de la guitarra, que tenía un cable pelado o algún tipo de tara que propiciaba que sonara distinto, además de lanzar chispazos y rayos eléctricos, o era él, que había sido dotado de la fuerza eléctrica del blues. Muy pronto lo iba a comprobar por sí mismo.







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