miércoles, 12 de junio de 2013

Electrizado-2. Recuperado








Carlos se salvó por los pelos de morir electrocutado, de quedar frito como si de una croqueta se tratase, aunque pensaba que había merecido la pena. Los que le habían visto estaban de acuerdo en que había sido una gran interpretación, lo del accidente le dio tintes legendarios entre los que le conocían, ver como emanaban rayitos eléctricos de su cuerpo fue una inusual experiencia para casi todos.

La suela de goma de sus zapatillas deportivas le había salvado la vida. Lo llevaron a urgencias, y hubo de coger varias semanas de baja laboral, hasta que se le curaran las manos, que habían quedado un poco afectadas por el percance.

Carlos se puso en lo peor, entre las semanas que no podría practicar, el accidente en si mismo, y las posibles secuelas que le acarrearía, no tenía muchas esperanzas de poder volver a coger una guitarra, y menos, una eléctrica.

Noelia, su compañera de piso, hizo pacientemente de enfermera en los primeros días de convalecencia. Como siempre, era muy atenta, como de costumbre. Ella siempre estaba dispuesta a echarle una mano... y algo más. Menuda, de larguisima melena negra, de perfecto cuerpo tatuado, una muestra de su profesión. Cuerpo que Carlos conocía muy bien, así como ella el suyo, pues tenían una relación de amistad muy peculiar que lo incluía todo, hasta el sexo, en una especie de acuerdo en el que lo que no pudieran conseguir fuera, podrían encontrarlo dentro. Carlos recordó, mientras Noelia le cambiaba el vendaje de las manos. Ese acuerdo había comenzado hacía poco más de dos años, al poco tiempo de empezar a compartir piso. Fue un día en el que Carlos estaba en la ducha, y Noelia, creyendo estar sola en casa, y por motivos que Carlos desconocía, se encontraba excitada y dispuesta a autosatisfacerse. Cuando el salió, y se miraron, el desnudo, ella en plena efervescencia, el instinto acabó apoderándose de los dos, satisfaciendose mutuamente en una larga sesión de sexo, profundo y salvaje, a ritmo de blues, y de soul, la banda sonora habitual de todos sus orgasmos compartidos. Cuando terminaron aquel primer día, hablaron sobre ello, sobre el arranque que les poseyó, y en repetirlo siempre que no encontraran nada fuera que les complaciera, libremente, y sin ataduras.

Cuando a Carlos, semanas después, se le hubieron curado las manos, volvió a incorporarse rápidamente a su puesto en el Urban Café. El primer día estuvo algo lento en las primeras horas, pero no tardó demasiado en volver a coger el ritmo al trabajo, y pronto recobró por completo su habitual destreza.

No le preguntaron mucho que tal se encontraba después del accidente, tan sólo unas doscientas veces más o menos. Y algún comentario jocoso como el de que de Carlos no podía decirse que no tocaba la guitarra como si la vida le fuese en ello.

Un par de días después, Carlos veía que la jornada tocaba a a su fin, y ya iba llegando la hora de cierre del local. Ese día, por suerte, no tenía que cerrar él solo, con lo que acabarían más rápido. Le ayudaba Sara, otra camarera, y ocasional ayudante de cocina. Sara era una chica atractiva y rubia, de pelo corto, y con la misma estatura y color de ojos que Carlos. Incluso se le parecía un poco, por lo que algunos compañeros, y clientes habituales les apodaban "los gemelos", algo que a ninguno de los dos le importaba, es más, el apodo, no impidió que en más de una ocasión compartieran cama y probaran sus cuerpos.

Acababan de fregar el suelo, y ya sólo quedaba hacer caja, y a casa todo el mundo. Carlos tendría tiempo libre hasta la tarde del día siguiente, por lo que estaba deseando poner fin a la jornada. Miró el reloj, y vio que iban muy bien de tiempo, habían hecho todo bastante rápìdamente. Aprovechó para hacer caja mientras el suelo se secaba, y Sara guardaba algunos trastos que andaban por ahí.

Sara salió del almacén y se dirigió a él:

-Carlos, aunque te lo hayan dicho mil veces, me alegro de que estés bien.

-Gracias.

-No nos des más sustos, anda.

-No te preocupes, ya estoy bien, de verdad- Poniéndole la mano en el hombro -No me he quedado inválido ni nada, puedo hacer bien todo lo que hacía antes.

-Quizá no estaría de más el comprobarlo- replicó Sara con una sonrisa pícara y guiñando un ojo.


Carlos captó el mensaje  al vuelo y no se hizo esperar, se le acercó, se besaron, y se quitaron la ropa mutuamente. Al poco rato estaban haciendolo encima de la gran barra del bar, olvidandfo Carlos el incidente, el trabajo, y todo lo demás, abandonandose a sus instintos, acuciado por la necesidad de la abstinencia prolongada de su convalecencia, a excepción de un poco de ayuda de su voluntariosa compañera de piso.

No hacía demasiado calor, pero empezaban a romper a sudar, de puro placer, Carlos notaba que no le faltaba mucho para acabar. Tanto él como Sara estaban muy excitados, en su postura predilecta, la del perrito.

Carlos notaba que no aguantaría más, y ella tampoco, era más intenso de lo que había sido nunca, no se podían dosificar.

Llegó el momento y explotaron los dos a la vez. Carlos creyó ver unos rayitos azules que brotaban de su propio cuerpo, en el momento en el que notaba vaciarse, y derramarse. Abrió la boca por completo, pero no fue capaz de emitir sonido alguno, al contrario que Sara, que aullaba sin reprimirse, cosa que a Carlos le extrañó.

-Que pasa, Sara, te... has ... hecho daño?- Preguntó Carlos con esfuerzo, aún casi sin aliento.

-Es... es... brutal, he notado como si una descarga eléctrica recorriera todo mi cuerpo, pero sin dolor, sólo placer, ha sido muy fuerte, nunca lo había sentido así, casi me da algo, y... me ha parecido ver unos destellos azules.

-Yo también, debemos de estar flipando aún

-Uff, bueno, nos vestimos y nos vamos, que empieza a ser un poco tarde?

-Vale, menos mal que nadie ha pasado por el bar, así, con la verja aún sin echar.

-Ya ves, menudo momento pornoshow que hubieran visto.

Rieron la broma mientras se vestían rápidamente, cerraron, y se despidieron hasta el día siguiente. Mientras Carlos caminaba hacia su casa, pensaba en lo que había pasado, replanteandose la idea de no tocar más la guitarra, quizá no debiera dejar su mayor sueño tan solo por un susto, un susto gordo, si, pero un accidente aislado en todos los años que llevaba tocando. Decidió probar a tocar la guitarra al día siguiente, ya fuera en casa o en el bar. Si no había perdido su pericia sexual, ni sus destrezas laborales, por que coño iba a haber perdido la musical?




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