martes, 11 de junio de 2013

Electrizado-1. Actuación estelar






Carlos tenía 27 años, tenía el pelo rubio, con un peinado a lo James Dean. Sus ojos azules eran tremendamente expresivos, tanto, que a veces parecían refulgir, y en la mayoría de las ocasiones eran capaces de derretir a cualquier mujer que no tuviese los escudos muy sólidos, y si los tenía, él hacía todo lo posible por derribarlos, si lo consideraba oportuno. Completaba su aspecto una fina perilla, con un bigotillo a lo Errol Flynn, que le confería un aspecto de sinvergüenza encantador, lo cual no sólo le servía para seducir, si no tambien para desempeñar las labores sociales de su trabajo como camarero en el Urban Café. Todos esos atributos, propiciaban que, gracias a sus habilidades sociales, el bar en donde trabajaba, siempre tuviese un pequeño grupo de gente, mayoritariamente mujeres, que siempre pasaban un buen rato de charla y risas, entre cafés y cervezas, cosa que repercutía positivamente en la caja, y en el buen concepto que de Carlos tenían sus jefes, a los que les resultaba muy productivo el haberlo contratado para su negocio.

A Carlos le gustaba su trabajo, tenía libertad de movimientos, y podía cambiar de turno si quería, pero no era lo que más le gustaba. Su mayor placer, era escuchar y tocar  música, concretamente música blues. Tenía una guitarra que llevaba al bar con asiduidad, para practicar en los momentos en los que no había nadie, o en los que solamente estaban los clientes de confianza.

Los fines de semana, ensayaba con un pequeño grupo al que pertenecía, personas que compartían su afición por el género. Se hacían llamar los Red Roosters, en homenaje a Muddy Watters. Ya habían realizado algunas actuaciones, algunas de ellas en el Urban. Carlos era el primer cantante, y cantaba con sentimiento, lo que le había reportado atraer y tener algunas noches desenfrenadas con algunas féminas. Pero su mayor afán era el de poder ser el guitarrista principal, cosa que aún no había podido ser, ya que tocaba la guitarra correctamente, pero sin ningún alarde de virtuosismo. Practicaba una y otra vez, pero parecía haberse estancado, no percibía ningún avance, lo que le resultaba algo frustrante.

Aquella noche de un lunes, en la que no había mucho movimiento en el bar, se aburría, y decidió sacar la guitarra y entretener a las pocas personas que había en el bar en ese momento, todos clientes habituales. Así, además aprovecharía para practicar un poco más, a ver si conseguía avanzar un poco de una vez. Su público de aquella noche, era un público crítico, el tipo de publico que en alguna ocasión  había calificado su sonido como monótono y rutinario, lo que le fastidiaba sobremanera.

Ese día quería impresionar a su audiencia, estaba decidido a ello. Para motivarse, puso un cd de blues en el equipo de sonido del bar, como otras tantas veces. Dejó que la música le fuera invadiendo, y al rato, enchufo la guitarra al amplificador.

Se puso manos a la obra, con cada nota desafiando y mordiendo el silencio, calentando, cogiendo el pulso a la música, pero nada, todo salía como siempre para su exasperación. Continuó así durante unos minutos, paró, volvió a empezar, y minutos después notó algo desconocido hasta el momento, sintió como la música le llegaba profundamente, algo fuera de lo normal recorrió todo su cuerpo, atravesándolo como un rayo, como si se electrizara su cerebro y su corazón, salpicando su alma con las chispas de la música que estaba tocando, era una sensación inigualable, se sentía grande, no sabía por que motivo. Quizá fuese por el sonido que oía de su propia guitarra, y por las caras de estupefacción que veía delante suyo. Estaba haciendo la actuación de su vida, podía sentirlo, así como sentía que había descifrado los secretos ancestrales del blues.
Algo le activaba, y le agitaba por dentro. Podía verlo todo desde diez mil direcciones a la vez en su mente,expandiendo su percepción hasta límites inimaginables.

Estuvo así durante un buen rato, enlazando canción tras canción, con una maestría nunca antes alcanzada. Su público estaba sobrecogido, le daba la impresión de que estuvieran observando algo sobrenatural. Notaba como algo chisporroteaba, y cuando terminó la canción, se derrumbó.

Mientras estaba en el suelo, oía como gritaban alarmados, olía a quemado y veía humo a su alrededor.

No sabía que estaba pasando, pero creyó oír, durante unos segundos, una metálica y diabólica risilla, como si el diablo al que Robert Johnson le vendió el alma, le hubiera hecho una jugarreta. Perdió el conocimiento.












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