viernes, 17 de mayo de 2013

Escenas de un día común en una ciudad cualquiera









Ay, que poco valoramos las cosas de la vida cotidiana, esas pequeñas cosas que nos acompañan en nuestro devenir diario y ni les prestamos la debida atención. Pero si un día nos faltan, notaremos su ausencia.

Porque que sería de la vida en las ciudades, pequeñas o grandes, sin esa serie de cosas, de minúsculos detalles, que nos aderezan la vida en las urbes? No pueden faltarnos, son esos vecinos tan atentos que dejan el ascensor con la puerta abierta en último piso, mirando por nuestra salud, porque hagamos ejercicio. Esas personas armadas de paraguas que no quieren que nos despistemos un segundo, entrenando nuestros reflejos esquivando nuestras varillas dirigidas hacia nuestros ojos, y no solo eso, también entrenan nuestra resistencia, impidiéndonos guarecernos bajo las zonas secas, que ellos ocupan. O esos conductores que impiden que caigamos en un exceso de confianza en los semáforos y pasos de cebra. Y para desestresar nuestro paseo callejero, están los jubilados que forman una barrera humana a un paso imperceptible, para que no caigamos en las garras de la prisa y la ansiedad.

Que momentos más memorables al hacer la compra, en los que aunque no queramos creerlo, los directivos de los centros comerciales quieren ahorrarnos nuestro precioso tiempo, para que no lo perdamos en leer fechas de caducidad y procedencia de los productos, por eso son ilegibles o están impresos en códigos que ni ellos conocen. Nos hacen también la estancia en el comercio muy amena, que se transforma en una gimkana, en la que lo mismo hemos de sortear lagos de leche derramada, como hacer escalada o espeleología en busca de artículos dispuestos en estantes que no todas las manos pueden alcanzar, además de aguzar nuestro sentido de la orientación cambiando la disposición de los mismos estantes cada cierto tiempo. Y que calor humano en la caja, a la hora de guardar cola para pagar, en la que los que vienen detrás se adhieren a ti, no dejando pasar ni el aire, buscando furtivas caricias.

Y a la hora de regresar, aunque vengamos de la calle nosotros también, por si nos hubiésemos perdido el parte meteorológico, siempre hay algún vecino que aprovecha el viaje en ascensor para darnos un informe detallado y completo.



3 comentarios:

  1. Como la vida misma, incluídas las barillas del paraguas.
    Un saludo, Mónica

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  2. vaya un tono ironico ... jeje Una nueva faceta tuya, descubierta.
    Ahh YO TENGO UN VECINO ENCANTADOR !!! Un poco chulo pero muy cumplidor!!
    Un saludo.

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  3. Vecinos así, me sobran: entrometidos, perturbadores de mi paz, jeje, me gustó la manera como lo abordas, jocoso e irónico, abrazos

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