martes, 28 de mayo de 2013

El fantástico perro parlante-1. Sorpresa!






Javier era un tipo común, que le sucedía lo mismo que a los demás, con sus días mejores y peores, en los inestables tiempos en los que le había tocado vivir. Esto es, básicamente, que trabajaba en  la medida en que las circunstancias le permitían, abarcando todo tipo  de ramas laborales, algunas en condiciones un tanto precarias. En ese sentido, no desdeñaba ninguna ocasión ni oferta de empleo, exceptuando una vez, que le propusieron probar a trabajar como actor porno. Aunque no era un tipo feo, pues era alto y moreno, y dotado de una natural simpatía y una indescriptible gracia en la mirada de sus marrones ojos. Pero no quiso, lo rechazó de plano, en parte porque no le gustaba la idea de plantarse ante las cámaras, y en parte porque pensaba que no estaba capacitado para esa actividad.

En los periodos en los que no se encontraba trabajando, o enfrascado a la búsqueda de empleo, pasaba parte de su tiempo con sus amigos, un reducido grupo de gente con la que tenía verdadera afinidad, y a los que a su parecer no veía con la suficiente asiduidad. Pero las horas del día eran limitadas, y no vivía sólo, tenía una responsabilidad, un ser vivo dependía de él, y Javier procuraba su bienestar en todo momento.

El ser depositario de sus atenciones se llamaba Rufo. Era un pequeño perrillo blanco, que le había acompañado en su vida durante unos 14 años. Javier le daba de comer y beber, le bañaba y cepillaba, y lo sacaba de paseo para que hiciese sus cosas, y para que olisqueara a placer y satisficiera su natural curiosidad. A Javier le daba paz contemplarlo cuando Rufo dormía plácidamente.

Le fastidiaba dejarlo sólo algunas horas del día, pero no tenía más remedio que hacerlo, aunque procuraba que no fuesen largos periodos de tiempo.

Un día, que Javier  había quedado a tomar café con un amigo al que no había visto en semanas, acarició al perro, para despedirse momentáneamente, mientras le decía:

-Rufo, voy a salir, pero vengo ahora, portate bien, vale?

Y se dio media vuelta, dispuesto a irse, cuando oyó una vocecilla justo detrás de el:

-Ya te vas otra vez? No me gusta nada estar sólo.

Javier se giró, un poco sorprendido, oyó hablar, pero no sabía de donde, ni quien había sido, pues vivía sólo con el perro. Miró a ver si había podido ser que se hubiera dejado encendida la televisión por despiste, pero estaba apagada y desenchufada. De ahí no podía venir la voz. Incluso consideró la posibilidad de que alguien hubiese entrado en su casa, por lo que miró en todas las habitaciones y rincones de la casa, para no obtener resultado alguno. Por si acaso, alzó un poco la voz, y dijo:

-Eh, que pasa aquí, quien anda por ahí, que tengo un arma, eh?

sólo tardó unos segundos en volver a oír la vocecilla, que parecía provenir de la cocina:

-Con quién hablas, Javier? aquí sólo estoy yo.

Javier entró en la cocina, donde tan sólo se encontraba Rufo, sentado mirando hacia la puerta, y le dijo:

-Rufo, hay un intruso, búscalo!

-Que no, que no hay nadie más, sólo estamos tu y yo aquí!

Javier creía alucinar, le había dado, durante un momento, la impresión de que la vocecilla rara  provenía del perro, o de algo que estuviera cerca. Por el rabillo del ojo, le había parecido ver que movía la boca mientras el se oía la voz. Pero descartó enseguida tal posibilidad, por improbable.

-Joder, debo estar medio dormido, ahora si que me voy a tomar ese café, que lo necesito con urgencia- Murmuró Javier para si mismo.

Salió a reunirse con su amigo , y estuvieron poniéndose al día sobre sus respectivas vidas, por el espacio aproximado de una hora, entre cafés y risas. Después se despidieron hasta otro día, preferiblemente cercano.

Tras los cafés y las anécdotas y batallitas, Javier volvió directamente a casa, más despejado y despierto. Llegó y fue efusivamente recibido por su perro.

-Hola Rufo, pequeñín, que tal, he tardado mucho?

-Pues si, se me ha hecho eterna la mañana, aquí sólo.-Parecía decir el perro.

A Javier, se le borró la sonrisa del rostro de forma instantánea, y a punto estuvo de darle algo, se llevó tal susto que dio un respingo hacia atrás. Pasados unos momentos, se volvió a acercar a su perro, y lo palpó por todo el cuerpo, buscando un reproductor mp3, o algo parecido que algún vecino, o quizá su hermano, en una de sus idas y venidas le hubiera podido poner al perro para reírse un rato. No encontró nada, ni en el perro, ni en el arnés que llevaba puesto. No sabía que pensar.

-Pero que broma es esta?-Murmuró Javier

-Broma? no te he gastado ninguna broma.

Ahora si. Ahora Javier había podido verlo claramente. Vio al perro mover su boca, mientras aquel sonido, aquella voz, emanaba de el.

-Ay, joder, que estoy fuera de la realidad... tanto tiempo sometido a estrés.... Quizá necesite algún tipo de tratamiento... -Se decía Javier.

-Tratamiento, es que estas malo? Que te pasa?

Otra vez aquello, el perro le había contestado, el suyo debía ser un caso agudo de demencia sin detectar hasta el momento. Pero bueno, de perdidos al río, ya puestos, le contestaría a su delirio.

-Oye Rufo, eres tu el que me habla?

-Claro, ahora mismo no tengo a nadie más aquí a quien hablarle.

Aquello era demasiado para un sólo día. Javier cogió del armario una aspirina, y se la tomó mientras miraba al perro, que iba derecho a su cama, a echar otra de sus siestas. Se tomó la aspirina y se sentó en una silla, a fumar un cigarro. Miró el reloj de pared de la cocina. Las tres de la tarde, no tenía hambre, y empezaba a encontrarse mal. Notaba que una migraña se le acercaba, y optó por echarse un rato, a ver si se pasaba la migraña, y la alucinación, que Javier imaginaba que estaban relacionadas.

Se fue hasta el cuarto del sofá y se dejó caer encima, dándole vueltas a la cabeza. Aún sin dormirse, volvió a oír la vocecilla:

-Javier, ven, tengo frío, tápame.

Se lo pensó unos segundos, y se levantó, porque le daba la impresión de que si no le hacía caso, aquello no iba a cesar. Fue hasta donde el perro estaba echado, y le tapó con su mantita, para acto seguido volver al sofá y taparse él, esperando que aquello que  le pasaba en la cabeza fuese pasajero, porque de lo contrario, podía acabar ingresando en un frenopático, a causa de aquellas alucinaciones auditivas. Al poco rato, se durmió.

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